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La confesión detrás del Acuerdo Nacional. Por: Miguel Ángel Lacouture

“Los acuerdos se construyen entre diferentes. La obediencia se exige a los iguales. El mensaje de Iván Cepeda no revela una invitación al diálogo nacional; revela las condiciones que algunos parecen querer imponer para participar en él.”

Hay mensajes que duran un día en las redes sociales. Y hay otros que, sin proponérselo, terminan revelando una forma de entender el poder.

Cuando Iván Cepeda preguntó a quienes no comparten su visión de Colombia por qué no se van del país, probablemente creyó estar lanzando una provocación pasajera. Sin embargo, terminó exponiendo una contradicción mucho más profunda: la contradicción entre el llamado Acuerdo Nacional y la manera como parece concebirse al contradictor político.

Porque vale la pena preguntarlo con toda seriedad: ¿acuerdo con quién?

La pregunta surge a partir de un mensaje publicado recientemente por Iván Cepeda en la red social X, donde, acompañando una referencia musical, preguntó a quienes no comparten su visión de Colombia “¿por qué no te vas del país?”

Más allá de la intención que haya tenido al escribirlo, el mensaje resulta revelador porque permite formular una inquietud legítima: ¿qué lugar ocupan dentro del llamado Acuerdo Nacional quienes no comparten sus ideas?

Los acuerdos auténticos no se construyen entre quienes piensan igual. Para eso no se necesita negociar nada. Los acuerdos existen precisamente porque hay diferencias. Porque existen visiones distintas de país. Porque cada parte reconoce que la otra tiene derecho a existir, a opinar y a participar en igualdad de condiciones, porque en la diferencia está la esencia.

Por eso sorprende tanto que desde sectores que hablan permanentemente de reconciliación nacional, inclusión y construcción colectiva, surjan mensajes que parecen sugerir que quienes no comparten determinadas ideas simplemente deberían hacerse a un lado.

La pregunta no es por qué los contradictores no se van.

La pregunta es qué lugar ocupa dentro del proyecto político que se les propone.

Colombia es una nación plural. Millones de ciudadanos no comparten las tesis de la izquierda. Otros tantos no comparten las de la derecha. Otros se ubican en el centro, cambian de opinión, discrepan y participan del debate democrático sin aceptar dogmas de ningún sector.

¿También ellos sobran?

¿Están por fuera del supuesto acuerdo?

La democracia tiene una regla elemental: el opositor no es un enemigo que deba desaparecer. Es un ciudadano al que hay que convencer.

Por eso las palabras importan.

Porque revelan si el objetivo es persuadir o imponer. Muestran si el discrepante es visto como un interlocutor legítimo o como un obstáculo. Permiten distinguir entre quienes entienden la política como una competencia permanente de ideas y quienes parecen entenderla como un proceso de adhesión.

El campo colombiano ha aprendido, muchas veces a golpes, que las palabras de los dirigentes importan. Porque anticipan la forma en que entienden el poder; Revelan cómo ven a quienes producen, invierten, generan empleo, pagan impuestos o simplemente discrepancia; y ninguna actividad económica prospera cuando una parte de la sociedad comienza a ser tratada como si su opinión tuviera menos valor que la de los demás.

Los productores agropecuarios, empresarios, trabajadores y ciudadanos saben que el desarrollo no surge de la imposición.

Surge de la confianza, que solo puede construirse cuando existe respeto por quien piensa diferente.

Por eso el verdadero interrogante no es qué ocurrirá si un determinado candidato gana o pierde una elección.

En democracia todos debemos estar preparados para aceptar el resultado de las urnas.

La pregunta realmente importante es otra:

¿Qué lugar tendrán dentro del proyecto político que se propone los millones de colombianos que no comparten esa visión?

Porque un país puede sobrevivir a un mal gobierno, pero difícilmente sobrevive es la idea de que una parte de sus ciudadanos sobra.

La paradoja es evidente.

Se habla de Acuerdo Nacional mientras se descalifica a quienes no comparten una determinada visión del país.

Se invoca la inclusión mientras se envían mensajes de exclusión.

Se reclama pluralismo mientras se cuestiona la legitimidad de quienes discrepan.

No, Senador, quienes pensamos distinto no tenemos por qué irnos.

No porque seamos mayoría o minoría, ganemos o perdamos elecciones. Sino porque esta también es nuestra patria.

También la hemos construido, sufrimos sus crisis, celebramos sus triunfos. Tenemos derecho a participar en la definición de su futuro.

Porque Colombia “No” será más fuerte cuando todos pensemos igual.

Colombia será más fuerte cuando quienes pensamos diferente sigamos reconociéndonos como compatriotas. Ningún acuerdo nacional merece ese nombre si antes exige que una parte del país renuncie a su derecho de disentir.

Eso no es un acuerdo.

Es una orden.

@lacoutu

Nota: La reflexión que origina esta columna surge a partir de una publicación realizada por Iván Cepeda en la red social X, disponible en:

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