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Iván Cepeda: un programa inverosímil. Por: Eduardo Mackenzie

La entrevista-río que le hizo Andrés Mompotes, nuevo director de El Tiempo, al candidato Iván Cepeda es útil, sobre todo para quienes combaten la supervivencia del petrismo y la eventual elección de su “heredero”. Tras el enorme fárrago de preguntas y respuestas (7.092 palabras en total donde no hubo réplicas del entrevistador ante los errores y falsedades que Cepeda trató de venderle como hechos ciertos) aparece un candidato comunista ortodoxo en todo su esplendor, alimentado por las supercherías y viejos reflejos soviéticos y cubanos.

Desde luego, el senador Cepeda trata de proyectar la imagen de un liberal moderno y bien intencionado. Sin embargo, su visión de los problemas de Colombia muestra otra cosa: alguien que no quiere ver los desastres que deja la guerra subversiva de 50 años de las Farc, Eln, M-19 y otros aparatos de muerte, ni la realidad de los estragos causados por los gobiernos de JM Santos y Gustavo Petro. Cepeda no maneja siquiera los datos básicos del país, de la economía, de la sociedad. En la entrevista, no da cifras de nada, excepto una vez cuando habla de agua potable y, precisamente, la cifra que da es errada.

Por ejemplo, sobre el drama de la destrucción petrista del sistema de salud, Cepeda dijo algo increíble sin ser corregido por Mompotes: “Este gobierno ha tenido resultados claros en salud”, claros como sinónimo de positivos. El no ve los desastres, la pérdida de vidas humanas, como la del niño de 7 años Kevin Acosta, en febrero pasado, ni el maltrato de los pacientes por la falta de medicamentos o por la crisis de los servicios hospitalarios para la población más necesitada. 

Al final de la entrevista, Cepeda pide que lo elijan para que pueda darle a Colombia “paz, democracia, equidad, la posibilidad de un futuro como el que todos queremos, de prosperidad”. Sin embargo, esas promesas él no las puede realizar. Cepeda consagró su vida a lo contrario, al triunfo de un sistema bárbaro, inhumano y económicamente desastroso. Cepeda nunca repudió los crímenes del comunismo, ni los 100 millones de muertos que dejó ese totalitarismo en el mundo.

En cuanto al sistema de gobierno, el candidato del Pacto Histórico tratará de montar una vertical de poder, lo contrario de la democracia. Quiere gobernar por decreto, pues trabajar y discutir con el Congreso “es muy engorroso”, dice. Es mejor llegar al Congreso “con una reforma pactada”, es decir aceptada por la clientela extremista en lugar de discutirla libremente con la representación plural del pueblo.

Su plan para luchar contra el narcotráfico también anuncia desastres: consiste en reincidir en la “paz total”, esquema que Petro le copió al presidente mexicano López Obrador, de “abrazos no balazos”, que la presidenta Claudia Sheinbaum sigue aplicando. Ella asegura que combatir los carteles criminales está prohibido por la constitución mexicana. Resultado: la expansión, la violencia y los ingresos del universo narco están más altos que nunca. Es lo que hace Petro. Cepeda quiere aplicar ese modelo. Nos dice que esa será su “política de la seguridad humana”.

Cepeda niega que Petro haya debilitado la fuerza pública, sobre todo las fuerzas militares, la aviación y la inteligencia militar, y que ello condujo a humillaciones de los militares, a matanzas y emboscadas sangrientas, hasta con drones, contra ellos en el campo. Según Cepeda ocurre lo contrario: “En Cauca, el gobierno ha hecho un despliegue enorme de capacidades tanto militares como policiales para enfrentarse a las llamadas disidencias”. 

Estas, cree él, crecen en Colombia no por el desarme del Estado, sino por “la economía global”! Cepeda presente la causa como efecto para disculpar al crimen organizado. En realidad, los mercados externos de la droga están rebosantes porque los narco-carteles fueron reforzados por la expansión del chavismo, desde México hasta Bolivia. Ese tumor comienza a decrecer lentamente por el regreso de la derecha en 11 países del continente (Estados Unidos, Argentina, Bolivia, Ecuador, Costa Rica, Honduras, El Salvador, Panamá, Paraguay, Perú, y República Dominicana), no por la magia de la “economía global”.

El senador del PH no tiene la menor idea de cómo luchar contra la corrupción. El califica de “posibles errores” la masiva ola desbocada de corrupción del gobierno. Según Cepeda, no hay avalancha de corrupción ni guerra entre los happy few que se embolsan partidas millonarias del presupuesto nacional, sino “situaciones de corrupción” es decir dificultades mínimas y esporádicas de corrupción. El cree, además, que el combate contra tal flagelo sólo exige voluntarismo abstracto. No requiere, dice, de leyes, ni de organismos especiales, ni de liderazgo (lo que él llama “un funcionario”), ni de acciones ofensivas. En lugar de denunciar a su padrino, Cepeda explica que la corrupción tiene orígenes distintos: “todos los partidos políticos”, “todas las dependencias del Estado”, “todas las ramas del poder público”, “todos los niveles del Estado”. No cita ni una sola vez a la casta de voraces ineptos que Petro llevó a los ministerios, institutos y al Congreso.

La solución que él vislumbra es crear un elefante burocrático, un “Sistema Nacional Anticorrupción”, en lugar de proteger la independencia de los jueces para que apliquen las leyes existentes sin ser amenazados. Ese fantástico SNA trabajaría con criterios raros, como abandonar los principios del derecho penal (la individualización de la responsabilidad y de la pena) para montar procesos colectivos contra gremios, empresas, inversionistas. Es lo que él llama investigar las “redes” de la corrupción “de manera sistémica”, es decir, “los aparatos y no simplemente que se investigue al funcionario, a un grupo pequeño, sino los aparatos criminales de la corrupción”. Inútil pedirle que explique por qué él no trató, como senador, de convertir esa brillante idea en ley durante los pasados cuatro años de desmadre de la corrupción oficial.

En sus 7 mil palabras él no pronuncia ni una sola vez vocablos como libertad, moral, humanidad. Tampoco emplea el término terrorismo. En cambio, perora sobre reforma y revolución agraria. El considera que los acuerdos de La Habana incluían ese tema pero no han sido aplicados. Dice que si lo eligen él los “implementará”. Su idea de la “reforma agraria” es obsoleta. Es simplemente repartir tierras a los campesinos. Es la visión de Fidel Castro y antes de él, de Pancho Villa, en 1913: confiscar y dividir las haciendas grandes y entregar las tierras a los campesinos de Chihuahua que apoyaban su lucha armada. Pancho Villa no logró aplicarla. La reforma de Castro fracasó. Cepeda aplaude la compra de tierras a Fedegán, presentando eso como un logro de Petro sin presiones ni atentados previos contra la propiedad privada. Que mala memoria tiene este candidato.

En general, cuando un marxista promete maravillas es porque hará lo contrario. Cuando Mao lanzó la reforma agraria en Manchuria, en 1947, lo que hizo fue destruir la sociedad “para remodelarla en función de las prioridades de su partido”, escribió el historiador holandés Frank Dikötter. Mientras tanto, en Japón, Corea y Taiwán, las autoridades compraban tierra y la redistribuían sin violencia. Mao hará lo contrario. Oigamos a Dikötter: “El orquestó una ofensiva de salvajadas sin nombre, que además era totalmente injustificada, pues en China no existían señores feudales como en Rusia, ni había una nobleza que explotara a los siervos de la gleba. Más de la mitad de los campesinos poseían sus tierras; otros gozaban de una propiedad compartida en el seno de familias ampliadas. Sólo el 6% eran granjeros. Era difícil encontrar los ‘explotadores’ contra los cuales desatar la venganza popular. Entonces, los comunistas fabricaron esos ‘explotadores’ y la ola de violencia arbitraria desatada causó la muerte de dos millones de personas, según los informes internos del partido”. Para no cansar al lector dejo otros puntos en el tintero. Quizás en otro artículo discutiremos al respecto.

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