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Gasolina al fuego. Por: Rafael Nieto Loaiza

Una tormenta perfecta. Para tratar de atajar la inflación, hoy un problema global, en Estados Unidos hay un aumento de la tasa de interés, que pasa de casi cero a principios de este año a un rango de 3,0 a 3,25% y se proyecta a 4,6% para el próximo. Es la decisión más dura de la Reserva Federal, el banco central norteamericano, desde la década de los ochenta.

Al mismo tiempo, nosotros tenemos la inflación más alta en 23 años. Para intentar controlarla, pero también para que la nuestra sea más atractiva que la norteamericana, acá el Banco de la República sube la tasa de interés. Busca un incentivo para tratar que los capitales no salgan en búsqueda de mejores retornos en los Estados Unidos.

El aumento de la tasa de interés hace más caro el financiamiento porque sube el costo de los créditos de consumo, hipotecario y el de inversión. En consecuencia, disminuye la demanda y las economías inevitablemente se enfrían.

Al caer la demanda, bajan los precios de las materias primas, entre ellos el petróleo. Los países que dependen en sus exportaciones de esas materias primas, como Colombia, reciben menos dólares por sus ventas al exterior. Como ingresan menos dólares, su precio sube. La devaluación se alimenta por los menores ingresos por exportaciones y por la subida de la tasa de interés en EE.UU. De manera que la devaluación de las distintas monedas frente al dólar es un fenómeno global.

Sin embargo, el peso es la más devaluada del mundo entre el 17 de junio, antes de la elección de Petro, y el viernes pasado, cuando el dólar alcanzó su precio más alto en la historia, $4.707, y el mercado cerró a $4.698. El peso ha caído un 20% en menos de cuatro meses, muchísimo más que el euro, la libra esterlina, el peso chileno o el peruano, por ejemplo.

Esa devaluación tiene varias consecuencias negativas. De entrada, castiga los ahorros y los salarios, reduce el poder adquisitivo de los ciudadanos que tienen que pagar más pesos por los mismos productos e incrementa la presión inflacionaria, en especial en Colombia donde importamos muchos productos de consumo doméstico, los fertilizantes para la producción agrícola, y el maíz y la torta de soya para alimentar los animales. Con una alta devaluación, somos mucho más pobres.

Ocurre además que, más allá de las causas globales, la aguda depreciación del peso tiene una explicación política. Es verdad que la economía estaba en alerta por el riesgo de la elección de Petro y también que sintió un alivio con el nombramiento de Ocampo como ministro de Hacienda. Pero desde el inicio del Gobierno el nerviosismo ha venido creciendo día a día.

Las declaraciones contradictorias de los ministros, los trinos y pronunciamientos de Petro, y las decisiones gubernamentales, entre ellas la tributaria y las relacionadas con el sector minero energético, han generado enorme incertidumbre y son en buena parte responsables de la altísima devaluación.

Petro ha cuestionado la idoneidad del Banco de la República y ha atacado su independencia y la decisión de subir los intereses para atajar la inflación, ha propuesto impuestos para los capitales golondrina, propios de las economías emergentes como la nuestra (y, hay que decirlo, indispensables para que no haya aún más devaluación), ha dicho que hay que eliminar la regla fiscal para que el Gobierno pueda endeudarse en 60 billones más, ha propuesto la reforma tributaria más gravosa de nuestra historia, y quiere asesinar al sector minero energético que, vaya paradoja, es de lejos el que más impuestos y divisas entrega a nuestra economía.

Esas declaraciones y propuestas, en lugar de tranquilizar a los inversionistas y a los empresarios, tarea indispensable en la creciente tempestad económica, solo han generado una enorme incertidumbre por los anuncios de cambio de reglas de juego, por la amenaza populista al banco central y a una política monetaria técnica, por el castigo al emprendimiento y a la inversión en la tributaria y por sus incentivos a la fuga de capitales, y porque sin los ingresos petroleros y mineros, irreemplazables a corto y mediano plazo, la inflación y la devaluación serían mucho mayores y el crecimiento de la pobreza descomunal.

A las puertas de una recesión mundial, el seudoeconomista solo echa gasolina al fuego. El frenazo a la economía será descomunal. Y el crecimiento del desempleo y la pobreza, inatajables.

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