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COSTA NOTICIAS

Agua hay. Lo que nos falta es convertirla en productividad. Por: Miguel Ángel Lacouture

Quienes vivimos y producimos en el campo sabemos que el agua puede ser, al mismo tiempo, nuestra mayor riqueza y nuestro mayor problema.

La vemos desbordar ríos, inundar potreros y perderse hacia el mar durante los inviernos. Y meses después la vemos escasear, cuando nuestros animales necesitan beber, nuestros cultivos requieren riego y el suelo reclama humedad.

Por eso sería equivocado decir que en Colombia simplemente “no hay agua”.

Lo que nos falta es capacidad para manejarla: almacenarla cuando sobra, drenarla cuando excede y conducirla y distribuirla cuando hace falta.

Esta diferencia, que para quienes producimos en el campo es evidente, se ha convertido en una de las grandes brechas de competitividad de nuestra agricultura y nuestra ganadería.

Hoy, además, atravesamos una coyuntura climática que vuelve a poner sobre la mesa los efectos del fenómeno de El Niño y la variabilidad del clima. Pero no podemos confundir la coyuntura con el problema estructural.

El Niño pasará. La deficiencia de infraestructura hídrica permanecerá si no la resolvemos.

Porque quienes vivimos del campo sabemos lo que significa producir dependiendo exclusivamente de la lluvia.

Significa sembrar con incertidumbre, planificar con incertidumbre y asumir con nuestro propio patrimonio un riesgo que, en buena medida, puede ser administrado mediante infraestructura.

Y aquí tenemos que empezar a cambiar de mentalidad.

El empresario del campo colombiano no puede seguir planificando su producción mirando el Almanaque Bristol, haciendo cálculos con el rosario y la camándula en la mano y rogándole a San Isidro Labrador que nos acompañe con las aguas para lograr una buena cosecha.

La fe ayuda.

Pero la competitividad se construye con infraestructura, tecnología y capacidad empresarial.

Un productor que tiene agua disponible y controlada puede tomar decisiones.

Puede intensificar, tecnificar, programar sus ciclos productivos, comprometer volúmenes con un comprador e invertir.

El que depende exclusivamente del cielo, en cambio, muchas veces termina preguntándose si podrá producir.

Esa es la diferencia entre tener agua y tener seguridad hídrica productiva.

Según la UPRA, Colombia tiene cerca de 18,4 millones de hectáreas susceptibles de adecuación de tierras, pero apenas 1,1 millones cuentan actualmente con este servicio: alrededor del 6 %.

La comparación con algunos países que compiten con nosotros resulta incómoda. México alcanza aproximadamente el 66 % de cobertura, Chile el 44 % y Perú el 40 %.

La brecha es gigantesca.

Y no estamos hablando simplemente de construir canales, reservorios, distritos de riego o sistemas de drenaje.

Estamos hablando de productividad y competitividad.

Un país que controla mejor el agua controla mejor su producción.

Nuestros competidores lo entendieron hace tiempo.

Chile convirtió la gestión del agua en uno de los soportes de su agricultura exportadora. México desarrolló durante décadas una extensa infraestructura de riego. Y Perú ha utilizado grandes proyectos de irrigación para transformar territorios áridos en verdaderas plataformas agroexportadoras.

Mientras tanto, Colombia continúa discutiendo cómo cerrar una brecha que ya conocemos.

El agua también es infraestructura productiva

Durante demasiado tiempo hemos hablado del agua principalmente como recurso ambiental o como amenaza cuando llegan las sequías y las inundaciones.

Nos ha faltado mirarla como lo que también es:

infraestructura productiva.

Un distrito de riego no es solamente un canal.

Es la posibilidad de reducir el riesgo climático.

Un reservorio no es simplemente un depósito.

Es la posibilidad de producir cuando no llueve.

Un sistema de drenaje no es únicamente una obra para evitar inundaciones.

Es la posibilidad de recuperar y utilizar productivamente tierras que de otra manera permanecen subutilizadas.

Por eso resulta paradójico que Colombia, un país privilegiado por su disponibilidad hídrica, tenga semejante atraso en infraestructura para manejarla.

Tenemos agua, pero no siempre tenemos cómo llevarla hasta donde se necesita.

Tenemos tierra, pero no siempre podemos garantizar las condiciones para producir en ella.

Tenemos productores capaces de hacer mucho más, pero seguimos obligándolos a asumir un riesgo climático que otros países han decidido administrar mediante inversión.

El Cercado: cuando la decisión también se vuelve infraestructura

En nuestra región tenemos un ejemplo que merece ser mencionado: El Cercado.

No pretendo convertir esta columna en la historia particular de un proyecto. El problema que planteamos es mucho mayor.

Pero El Cercado representa una pregunta que Colombia debe hacerse:

¿Cuánto tiempo puede permanecer una infraestructura estratégica esperando decisiones que permitan convertirla plenamente en desarrollo productivo?

Una obra de esta naturaleza no debería medirse únicamente por el concreto construido.

Debe medirse por las hectáreas que produce, los empleos que genera, las empresas que atrae, los alimentos que incorpora al mercado y las exportaciones que puede ayudar a construir.

Cuando una infraestructura permanece subutilizada o no logra desplegar todo su potencial, el costo no desaparece.

Lo paga el territorio, el productor, el consumidor y el país.

Por eso el problema del agua no puede seguir reducido a una discusión sobre presupuesto público.

¿Cuánto nos cuesta no hacerlo?

Esta debería ser la pregunta.

Cuando hablamos de inversión pública siempre preguntamos cuánto cuesta construir una obra.

Rara vez preguntamos cuánto cuesta no construirla, no terminarla o no ponerla a producir.

¿Cuánto dejamos de producir?

¿Cuántas hectáreas siguen dependiendo de la lluvia?

¿Cuántas inversiones agroindustriales no llegan porque no existe seguridad hídrica?

¿Cuántos empleos dejamos de generar?

¿Cuántas toneladas de alimentos seguimos importando?

¿Cuántos mercados internacionales dejamos en manos de nuestros competidores?

Ese es el verdadero tamaño de la brecha.

Y Colombia no tiene tiempo para seguir midiéndola indefinidamente.

El clima seguirá cambiando. Los períodos de sequía y de exceso de lluvias seguirán alternándose. Y nuestros competidores seguirán invirtiendo.

Por eso necesitamos cambiar la conversación.

No se trata simplemente de pedirle al Estado que construya más distritos de riego.

Se trata de preguntarnos cómo hacemos para que la infraestructura hídrica se convierta en inversión productiva, capaz de generar retorno económico y atraer capital.

El Plan Nacional de Riego ya reconoció el problema y trazó una hoja de ruta de largo plazo. Pero si seguimos avanzando al ritmo tradicional de la inversión pública, corremos el riesgo de que nuestra brecha frente a los competidores no se cierre.

Se amplíe.

Colombia tiene tierra, agua, productores, empresarios, mercados.

Lo que nos falta es conectar esos activos mediante infraestructura productiva y una decisión nacional de hacerlo.

Porque el desafío ya no es simplemente llevar agua al campo.

Es convertir el agua en productividad, la productividad en competitividad y la competitividad en desarrollo rural.

Y queda una pregunta que no podemos seguir aplazando:

¿De dónde saldrán los recursos para cerrar una brecha de semejante magnitud?

La respuesta a esa pregunta será el tema de nuestra próxima entrega.

@lacoutu.

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