
La intervención del ministro de Agricultura, Indalecio Dangond, en Urumita, La Guajira, dejó una reflexión que merece discutirse sin apasionamientos. Su recomendación de no seguir sembrando arroz porque hoy enfrenta problemas de rentabilidad, demanda mucha agua y está sometido a precios volátiles, acompañada de la propuesta de mirar hacia el marañón, con una rentabilidad que él situó por encima del 24 %, plantea una pregunta de fondo: ¿debemos sustituir un cultivo por otro?
No. Ni en La Guajira ni en el Cesar y, mucho menos, en todo el territorio nacional.
Colombia necesita arroz para alimentar y marañón para exportar. El campo necesita los dos.
En el Caribe sabemos bien lo que significa el arroz. Cuando en una casa no hay mucho más que llevar a la mesa, aparece el “ajusta pobre”: arroz para rendir la comida. Y está el “gallo blanco”, arroz con yuca o ñame y suero. No es una figura literaria. Es una realidad alimentaria para muchas familias.
Según Fedearroz, el consumo per cápita fue de 45,22 kilos en 2024 y de 41,52 kilos en 2025. En el área rural llegó a 49,08 kilos en 2025. El arroz, por tanto, no es solamente un cultivo comercial: también hace parte de la seguridad alimentaria del país.
El marañón es otra historia.
Puede ser una extraordinaria alternativa para las tierras secas del Cesar y La Guajira. Tiene posibilidades de transformación, generación de valor agregado y acceso a mercados internacionales. Pero hay que mirarlo con los pies en la tierra: una cosa es sembrar marañón y otra, muy distinta, construir una agroindustria alrededor de él.
Para que exista una planta transformadora que permita obtener la almendra y aprovechar sus subproductos se necesita volumen, continuidad de oferta y productores alrededor de ella.
Hago una precisión. He venido trabajando como referencia de planeación un orden de magnitud de varios miles de hectáreas —del orden de 5.000— para pensar en un verdadero nodo agroindustrial del marañón en el Cesar y La Guajira. No lo presento como un umbral técnico oficial. Lo que sí está claro es que una industria competitiva necesita una masa crítica muy superior a la que hoy tenemos.
Y aquí está el problema.
Me atrevería a decir que hoy ni siquiera tenemos 200 hectáreas sembradas de marañón entre Cesar y La Guajira. Es una estimación que surge de la información que he venido recabando directamente en el territorio y que prefiero expresar como tal, antes que convertirla en una cifra oficial sin respaldo estadístico.
La propia historia de Asomarcar con Juan Pablo Lafaurie en su timonel, muestra la magnitud del reto. En 2021 se planteó llegar a 4.000 hectáreas en ocho años en seis departamentos del Caribe. En diciembre de 2024, la asociación reportaba 400 hectáreas en esos seis departamentos: La Guajira, Cesar, Magdalena, Atlántico, Córdoba y Sucre.
El potencial existe, pero la escala todavía no.
Y aquí hablo desde donde conozco el campo: desde el barro y la boñiga, como empresario del campo, no desde un escritorio. He visto que una buena idea productiva necesita algo más que entusiasmo: necesita escala, capital, asistencia técnica, infraestructura y mercado.
Hoy se han entregado alrededor de 40.000 plántulas y están previstas otras 5.000. Es un esfuerzo importante, pero todavía estamos hablando de construir la base productiva de una cadena que apenas comienza.
Esto no significa que el marañón no sirva. Significa que hay que construir la cadena antes de exigirle resultados.
El cultivo empieza a producir alrededor del tercer año y su consolidación es gradual. Durante ese período el productor necesita material vegetal de calidad, asistencia técnica, financiación de largo plazo, infraestructura y una perspectiva cierta de comercialización.
Cuando llegue el momento de transformar, hará falta mucho más que árboles sembrados: descascarado, despeliculado, secado, clasificación, inocuidad, logística, compradores y mercados.
Vichada demuestra que esa ruta es posible. El ICA reportó en julio de 2026 entre 8.200 y 8.500 hectáreas de marañón en ese departamento, más del 90 % de la oferta nacional, y una planta en Puerto Carreño con capacidad para transformar más de 1.000 toneladas al año. Es otra escala, construida durante años y acompañada por una cadena productiva que ya tomó forma.
Por eso tampoco podemos simplemente decirle al productor de arroz: “siembre marañón”.
El arroz es un cultivo de ciclo corto. Una cosecha puede estar alrededor de los 100 a 120 días y detrás de ella existe una cadena de productores, arrendatarios, jornaleros, operadores de maquinaria, transportadores, proveedores, secadoras, molinos y comercializadores.
En Cesar y La Guajira esa estructura ya existe. El Quinto Censo Nacional Arrocero DANE-Fedearroz registró en 2023 13.123 hectáreas sembradas en Cesar y 2.382 en La Guajira. Fonseca aportó 1.131 hectáreas.
El marañón debe convertirse en una nueva cadena, no en un reemplazo de la existente.
Aquí aparece el verdadero cuello de botella: el agua y la infraestructura productiva.
El Proyecto Multipropósito del río Ranchería y sus distritos de adecuación de tierras tienen un enorme potencial para transformar la productividad del sur de La Guajira. Hay que avanzar en su culminación integral, resolver técnicamente lo que corresponda, desarrollar las redes y conexiones intraprediales y armonizar el riego con el consumo humano y las condiciones ambientales.
El agua que llega al predio, acompañada de vías, energía, crédito, asistencia técnica, tecnología y comercialización, deja de ser simplemente agua: se convierte en productividad.
Ministro Dangond, comparto estas observaciones desde la sinceridad y el afecto personal que te tengo. Nos une una amistad y precisamente por eso considero importante hacerlas. No hablo desde un cargo en el Ministerio ni desde una responsabilidad de este Gobierno. Hablo como productor y como alguien que durante años ha buscado alternativas productivas para nuestro campo.
Fui quien llevó e impulsó la idea del marañón en el Cesar y La Guajira. Participé en la fundación de Asomarcar y fui parte de ese esfuerzo. He creído, creo y seguiré creyendo en el marañón.
También aprendí algo en el camino: un cultivo no se convierte en agroindustria por decreto ni por discurso. Se convierte en agroindustria cuando existe suficiente producción, asistencia técnica, infraestructura, transformación y mercado.
No necesitamos apagar un motor para encender otro.
Colombia necesita arroz para alimentar a su gente y marañón para generar riqueza exportadora.
La modernización del campo no consiste en destruir capacidades productivas antes de tener alternativas reales. Consiste en construir sobre lo construido, diversificar, agregar valor y abrir nuevos mercados.
Ese es el reto: que el productor deje de ser visto solamente como sembrador y se convierta, de verdad, en empresario del campo colombiano.
@lacoutu