
Hay una verdad que algunos dirigentes políticos del departamento de Sucre parecen empeñados en desconocer: los votos no tienen dueño.
Luego de pasadas las elecciones del domingo pasado, han comenzado a aparecer los mismos personajes de siempre intentando adjudicarse triunfos ajenos, levantando banderas que jamás cargaron, posando para la fotografía de la victoria cuando durante meses permanecieron cómodamente sentados en la barrera observando el partido (montados en el palomar)
Los votos obtenidos por Abelardo de la Espriella en Sincelejo y en el departamento de Sucre no pertenecen a ninguna maquinaria política tradicional. No son propiedad de ningún cacique electoral ni de ningún dirigente , léase bien ” a ninguno”, que hoy pretenda cobrar facturas por una lucha en la que no participó.
La realidad es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más poderosa.
Esos votos nacieron de la decisión libre de miles de ciudadanos. De comerciantes, de ciudadanos de a pie, de ganaderos, de estudiantes conscientes y que todos los días levantan las puertas de sus negocios para generar empleo. De empresarios que arriesgan su patrimonio apostándole al desarrollo. De trabajadores independientes que saben lo que significa ganarse la vida sin depender de contratos oficiales. De hombres y mujeres que jamás han ocupado un cargo público y que nunca han vivido, como diría el Tigre, “de la teta del Estado”.
Allí ha radicado la verdadera fuerza del movimiento.
Durante años muchos colombianos nos cansamos de ver cómo la política se convertía en un negocio para unos pocos. Nos cansamos de los discursos reciclados, de las promesas incumplidas y de las alianzas construidas únicamente alrededor de intereses burocráticos.
Por eso el respaldo a Abelardo no puede interpretarse como una simple suma de estructuras partidistas. Quien intente hacerlo está leyendo equivocadamente el mensaje enviado por las urnas.
Y es precisamente ahora, cuando se aproxima la segunda vuelta, cuando comienzan a aparecer los oportunistas.
Son los mismos que estuvieron ausentes durante la construcción del proyecto. Los mismos que jugaron a dos bandas. Los de las dos canastas. Los que esperaban ver hacia dónde soplaba el viento antes de tomar posición. Los que abandonaron el palomar cuando creyeron que no había futuro y hoy regresan buscando acomodo en la nueva realidad política que está naciendo en Colombia, conste no los rechazo porque hay que sumar, pero que queden las cosas claras.
En lo personal, quienes me conocen saben que nunca oculte mi respaldo al tigre. Lo he hecho de frente, sin cálculos, sin contratos y sin esperar absolutamente nada a cambio.
Por eso resulta imposible no advertir sobre el riesgo que representan quienes pretenden acercarse ahora únicamente porque ya perciben posibilidades de poder para las elecciones regionales que se avecinan.
Ya comenzaron los movimientos. Ya aparecieron las sonrisas calculadas. Ya se escuchan los rumores de futuras candidaturas. Ya muchos empiezan a acomodar sus discursos para intentar coincidir con una causa que antes observaban con distancia.
Pero el mensaje debe ser claro.
Defensores de la Patria nació para hacer algo diferente. Nació para romper con las viejas prácticas que durante décadas han debilitado la confianza ciudadana en la política. Nació para demostrar que es posible construir una alternativa sin repetir los vicios de quienes han gobernado siempre.
Por eso quienes hoy llegan atraídos únicamente por la cercanía del triunfo deben comprender que este proyecto no puede convertirse en más de lo mismo.
Colombia necesita una nueva forma de hacer política. Una política donde el mérito tenga más valor que los apellidos. Donde el trabajo tenga más peso que las recomendaciones. Donde el compromiso ciudadano sea más importante que las cuotas burocráticas.
Abelardo de la Espriella ha expresado públicamente su respeto por el expresidente Álvaro Uribe. Sin embargo, es evidente que el fenómeno político que hoy representa ha adquirido una identidad propia y una dimensión nacional que trasciende las estructuras tradicionales de la derecha colombiana.
Estamos ante el nacimiento de una nueva fuerza política que deberá demostrar con hechos que puede gobernar mejor y diferente.
La segunda vuelta será decisiva. Vamos a enfrentar una elección histórica y cada ciudadano tendrá la responsabilidad de votar libremente, sin presiones y sin amos políticos.
La invitación es sencilla: reflexionemos con independencia, pensemos en el país que queremos dejarles a nuestros hijos y votemos en conciencia.
Porque las transformaciones verdaderas no nacen de las maquinarias.
Nacen de ciudadanos libres.
Y cuando un pueblo decide actuar con libertad, ninguna estructura de poder puede detenerlo.
Que sea Dios quien ilumine el camino de Colombia y que la democracia permita que la voluntad popular se exprese con claridad. Al final, más allá de partidos y dirigentes, lo verdaderamente importante es la construcción de una patria más próspera, más segura y con más oportunidades para todos.
La historia aún se está escribiendo.