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Sembrar confianza o resignarnos al atraso rural. Por: Miguel Ángel Lacouture

Mientras Colombia paga deuda al 14% para financiar gasto corriente, el pequeño productor sigue sin crédito, sin infraestructura y sin acceso real al desarrollo. El campo no necesita más discursos; necesita capital, tecnología y seguridad para producir riqueza.

El sector agropecuario colombiano enfrenta una realidad que ya no admite discursos románticos ni improvisaciones ideológicas: el Estado perdió capacidad financiera para impulsar por sí solo la transformación rural que el país necesita.

En mayo de 2026 el Gobierno Nacional realizó la mayor colocación de TES de la historia reciente: COP 6 billones. Lo realmente preocupante no fue el monto, sino las tasas. Colombia salió a endeudarse pagando entre 13,9% y 14,79%, niveles que no se veían desde hace décadas.

Ahí nace una pregunta inevitable: si el propio Estado colombiano tiene que pagar intereses cercanos al 14% para conseguir liquidez, ¿cómo pretendemos que el pequeño productor agropecuario consiga crédito barato para sembrar, tecnificarse o crecer?

Cada punto adicional en el costo de la deuda pública termina convirtiéndose en menos crédito, menos infraestructura y menos competitividad para el campo colombiano.

Por eso el debate rural debe cambiar urgentemente. Colombia no puede seguir administrando pobreza rural mediante subsidios temporales mientras abandona la construcción de riqueza productiva.

La verdadera transformación del agro pasa por atraer capital nacional y extranjero bajo condiciones serias de seguridad física, jurídica, financiera, comercial y productiva.

El pequeño productor no necesita convertirse en dependiente eterno del Estado; necesita vías, agua, tecnología, mercados y financiación competitiva.

Hoy el principal cuello de botella no es la falta de tierra. Es la ausencia de infraestructura productiva. Los costos logísticos internos en Colombia pueden superar el 17% del valor del producto, muy por encima de países agroexportadores más eficientes. En muchas regiones no es más caro producir; es más caro sacar la producción.

Ahí está una de las grandes tragedias silenciosas del campo colombiano.

La solución exige visión de largo plazo. Colombia necesita contratos de estabilidad jurídica agroindustrial a 15 y 20 años que le garanticen al inversionista reglas claras y confianza para desarrollar proyectos de riego, agroindustria, almacenamiento, transformación y exportación.

El Estado no tiene hoy cómo financiar solo esa infraestructura. Por eso las Alianzas Público-Privadas rurales deben convertirse en prioridad nacional.

El caso de la Represa El Cercado, sobre el río Ranchería, demuestra el enorme potencial que seguimos desperdiciando. El sur y la media Guajira tienen ubicación estratégica sobre el Caribe, cercanía relativa a puertos internacionales y condiciones extraordinarias para convertirse en un corredor agroindustrial exportador.

Pero seguimos aplazando el desarrollo por falta de visión.

Mientras otros países convierten zonas áridas en potencias alimentarias mediante tecnología y manejo eficiente del agua, Colombia desperdició años alejándose de aliados estratégicos como Israel, referente mundial en riego tecnificado, reutilización hídrica y agricultura en condiciones extremas.

La verdadera soberanía alimentaria no se construye aislándose de la tecnología mundial, sino aprovechándola inteligentemente.

Y esta transformación debe tener al pequeño productor como protagonista. El campesino debe integrarse a cadenas agroindustriales modernas mediante agricultura por contrato, cooperativas exportadoras, asistencia técnica y acceso real a tecnología y mercados.

La FAO ha advertido que las alianzas público-privadas son fundamentales para movilizar inversión agrícola en países con restricciones fiscales y altos riesgos productivos.  Colombia hoy reúne exactamente esas dos condiciones.

Si logramos atraer capital, garantizar estabilidad jurídica y modernizar la infraestructura rural, el impacto podría transformar regiones enteras: más empleo formal, más exportaciones, más agroindustria y verdadera seguridad alimentaria.

Porque el futuro del campo colombiano no puede seguir dependiendo de una chequera estatal agotada, sino de la capacidad del país para sembrar confianza y cosechar desarrollo.

@lacoutu

  1. De nuevo les recuerdo: “Las heridas que más demoran en sanar, son las que se causan entre hermanos”.
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