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El Tigre que irrumpió en la política colombiana. Y llegó para quedarse. Por: Silverio José Herrera Caraballo

En la política colombiana, donde durante décadas los mismos apellidos, los mismos partidos y las mismas estructuras han dominado el escenario electoral, apareció un personaje que pocos tomaron en serio al principio, pero que hoy obliga a todos a mirarlo con atención: Abelardo Gabriel de la Espriella Otero.

Muchos lo vieron como un espectáculo mediático. Otros como un abogado polémico convertido en influencer de derecha. Algunos incluso lo redujeron a la caricatura del costeño millonario extravagante que exhibía relojes costosos, aviones privados y lujos europeos mientras hablaba de patriotismo y autoridad. Sin embargo, el tiempo comenzó a demostrar que detrás de esa imagen teatral existía una estrategia política cuidadosamente diseñada.

Y ahí es donde empieza el verdadero fenómeno. Porque guste o no guste, Abelardo entendió algo que la política tradicional olvidó hace años: en Colombia la gente está cansada de los discursos tibios, de los políticos correctos, de las promesas recicladas y de los dirigentes que hablan bonito mientras el país se hunde en inseguridad, corrupción y desgobierno.

El llamado “Tigre” logró conectar con una parte importante de la ciudadanía apelando a las emociones, al lenguaje directo y al sentimiento de frustración colectiva. Su discurso de autoridad, reducción del Estado, defensa de la propiedad privada y combate frontal contra la delincuencia encontró eco en miles de colombianos que sienten que el país perdió el rumbo, es tanto lo que ha hecho, que ha logrado traer a su manada a Petristas arrepentidos.

Eso explica por qué un hombre sin maquinaria política tradicional, sin partido fuerte y sin trayectoria administrativa hoy aparece disputando espacios reales de poder.

Pero sería irresponsable analizar este fenómeno únicamente desde la admiración o desde el odio. Colombia necesita serenidad para entender qué representa realmente esta candidatura.

Nayib Bukele y Javier Milei son referentes inevitables en el discurso de Abelardo. La mano dura del primero y la motosierra económica del segundo alimentan la narrativa de un electorado cansado del fracaso institucional. Sin embargo, Colombia no es El Salvador ni Argentina. Nuestra complejidad social, territorial y política exige algo más que frases contundentes o arengas virales.

Ahí aparece la principal preocupación. Porque el fenómeno Abelardo también está cargado de riesgos (los mismos que valdría la pena correr ante la caótica situación actual del país). Su lenguaje confrontacional, sus ataques permanentes a contradictores y ciertas expresiones agresivas generan inquietud en una democracia ya profundamente polarizada. Colombia necesita autoridad, sí, pero jamás autoritarismo. Necesita firmeza, pero no odio político (lo que dice el tigre lo hace con coherencia y es lo que a sus opositores les molesta)

La historia latinoamericana demuestra que cuando el debate público se convierte en una guerra de enemigos irreconciliables, las instituciones terminan debilitándose.

Y aunque muchos de sus seguidores lo ven como el hombre capaz de “rescatar” el país, otros consideran alarmante la falta de experiencia administrativa de quien aspira a conducir una nación golpeada por la violencia, el narcotráfico y la crisis económica. Aquí cabe la pena decir que es cierto no es político, pero si es un empresario exitoso, como abogado, como padre, hijo y esposo. Han tratado de esculcarle lo más mínimo en su vida, hasta en lo personal y eso solo significa que le temen.

Ese debate es válido. También lo es preguntarse cómo un abogado defensor de personajes tan controvertidos logró construir semejante capital político. Porque alrededor de Alex Saab, exparamilitares, narcotraficantes y figuras oscuras del país siempre han existido interrogantes que acompañan la carrera profesional de De la Espriella (el abogado defiende a la persona, no al delito) Aunque jurídicamente no existan condenas en su contra, la sombra reputacional sigue siendo parte del equipaje político que carga el candidato, pero el, lo ha asumido con la frente en alto siempre.

Pero, aun así, muy a pesar de todo lo anteriormente expuesto, el Tigre sigue creciendo. Y eso dice mucho más del momento que vive Colombia que del propio Abelardo. Y eso incomoda al establecimiento, a sus contradictores e incluso a la misma derecha que debería apoyarlo.

La realidad es que millones de colombianos sienten miedo frente al futuro. Temen por la economía, por la inseguridad, por la estabilidad institucional y por el rumbo ideológico del país. Ese temor ha sido capitalizado con inteligencia por una candidatura que entendió cómo convertir el descontento social en combustible electoral y la muestra es su aceptación en lugares impensables como en Bogotá y Nariño, el resto, ya ustedes lo saben, lo han visto en redes, sin lechona y sin tamal, sin chivas pagas, es el fervor de la gente que lo quiere.

Hoy el fenómeno ya no puede ser tratado como una simple excentricidad política. Quienes se burlaron de él al comienzo ahora observan con preocupación (o entusiasmo) cómo se consolida una figura disruptiva que rompió las reglas tradicionales de la política nacional.

El problema es que las campañas pueden enamorar multitudes, pero gobernar un país es otra historia. Pero, aun así, al escoger a una formula tan excepcional como José Manuel Restrepo a la vicepresidencia ha sido una jugada maestra y muestra lo que puede ser su gabinete, sin amiguismos, sin burocracia, sin tener que pagar favores.

Colombia no necesita mesías o guerreros de temu o X, necesita lideres verdaderos. No necesita caudillos salvadores ni influecers construidos únicamente desde las emociones digitales. Necesita experiencia, sensatez, equipos técnicos sólidos y capacidad de unir una nación fracturada. El Tigre ha demostrado que no es de papel. Rugió cuando muchos pensaban que desaparecería rápidamente. Ahora falta saber si detrás del rugido existe realmente un proyecto de nación capaz de conducir a Colombia en medio de una de las épocas más difíciles de su historia reciente. Abelardo y Restrepo son la mejor opción para el país.

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