
Este domingo el sector rural no elegirá solamente un Presidente. Elegirá entre dos visiones profundamente distintas sobre el futuro del campo: una que sigue apostándole a la redistribución de la tierra como eje del desarrollo rural y otra que prioriza la productividad, la seguridad jurídica, la infraestructura y la inversión como motores de prosperidad.
A pocos días de la segunda vuelta presidencial, resulta inevitable preguntarse qué le conviene realmente al campo colombiano. No se trata de una discusión ideológica ni de simpatías personales. Se trata de determinar cuál modelo ofrece mayores oportunidades para los productores, campesinos, ganaderos y empresarios rurales que todos los días enfrentan los desafíos de producir alimentos en medio de crecientes dificultades económicas, climáticas y de seguridad.
Durante décadas se nos ha dicho que la solución a los problemas del agro consiste en repartir tierras. Sin embargo, la experiencia demuestra que la tierra, por sí sola, no genera desarrollo. Una hectárea sin agua sigue siendo una hectárea seca, sin crédito sigue siendo improductiva, sin asistencia técnica produce menos, y sin vías para sacar la cosecha termina convirtiéndose en una promesa incumplida.
Por eso resulta válido preguntarse si la llamada reforma agraria ha logrado los resultados que se prometieron. Más allá de los anuncios oficiales, persisten interrogantes sobre el número de hectáreas efectivamente compradas, pagadas, formalizadas, adjudicadas y puestas en producción. Lo cierto es que el debate nacional continúa concentrado en las cifras de tierras entregadas mientras miles de productores siguen esperando acceso a crédito, sistemas de riego, asistencia técnica, conectividad rural, mejores vías terciarias, y comercialización.
Ese es precisamente el centro de la discusión.
La propuesta que representa Iván Cepeda mantiene como eje principal la profundización de la redistribución de tierras. Parte de una premisa comprensible: corregir desigualdades históricas en la propiedad rural. Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿de qué sirve entregar tierra si no existen las condiciones para hacerla rentable y sostenible?
Del otro lado, la propuesta de Abelardo de la Espriella pone el énfasis en la seguridad jurídica, física, comercial y productiva, inversión, infraestructura productiva y el fortalecimiento de la actividad empresarial en el campo. Su planteamiento parte de una realidad económica elemental: la riqueza no se genera repartiendo activos improductivos sino creando las condiciones para que produzcan.
Y es precisamente allí donde muchos productores rurales encuentran una diferencia sustancial.
Hoy Colombia tiene oportunidades que hace apenas unos años parecían lejanas. El país ha logrado abrir mercados internacionales para la carne bovina, el ganado en pie, los lácteos, las frutas y otros productos agropecuarios. El desafío ya no es únicamente entregar más tierra; es producir más valor, más empleo y más exportaciones.
Sin embargo, para aprovechar esa oportunidad se requieren inversiones que siguen siendo insuficientes. Distritos de riego, reservorios de agua, electrificación rural, conectividad, vías terciarias, financiamiento oportuno, asistencia técnica, comercialización y seguridad para quienes producen. Esa es la verdadera infraestructura productiva que el campo reclama.
Además, el panorama climático obliga a actuar con urgencia. Los fenómenos extremos son cada vez más frecuentes y golpean con especial dureza a los pequeños productores. Sin sistemas adecuados de almacenamiento y manejo del agua, miles de familias rurales seguirán dependiendo exclusivamente de la suerte el comportamiento del clima y las oraciones a San Isidro Labrador.
Por eso considero que el debate rural de este domingo debe ir mucho más allá de la simple entrega de tierras. Lo verdaderamente importante es decidir qué modelo tiene mayores posibilidades de generar prosperidad y riqueza en el campo.
No cuestiono el derecho de los campesinos a acceder a la propiedad rural. Lo que cuestiono es la idea de que la propiedad, por sí sola, resolverá los problemas históricos del agro colombiano.
Entre una visión que sigue poniendo el acento en la redistribución y otra que prioriza productividad, seguridad jurídica, infraestructura e inversión, considero que el sector agropecuario tiene razones suficientes para respaldar la segunda.
Porque la tierra es importante, pero no es suficiente.
La tierra sin agua es incertidumbre. La tierra sin crédito es una limitación. La tierra sin seguridad es abandono. La tierra sin mercados es pobreza.
Y la tierra pelada, por sí sola, jamás ha producido el progreso que merece el campo colombiano.
@lacoutu.
Nota final: Quedan expuestos los elementos de juicio. Este domingo, vote pensando en el futuro de su familia, de su finca y del campo colombiano. No elija promesas; elija el modelo rural que considere más capaz de generar productividad, inversión, oportunidades y bienestar para quienes viven y trabajan la tierra.