

En la política contemporánea, las elecciones no se ganan únicamente con programas de gobierno ni con propuestas técnicas. Se ganan, en gran medida, con relatos. Y en ese terreno, el candidato Abelardo de la Espriella parece haber definido con claridad el suyo: el del hombre que se enfrenta, prácticamente en solitario, a un sistema que busca impedir su llegada al poder.
“Operación Júpiter” no es una expresión improvisada. Es una construcción política cuidadosamente planteada, una narrativa que sugiere la existencia de una estrategia coordinada en su contra. En su discurso, distintos actores (“algunos” medios de comunicación, sectores del poder político, estructuras institucionales e incluso élites económicas) aparecen como piezas de un mismo engranaje que tendría como objetivo desacreditarlo, aislarlo y, en última instancia, neutralizar su aspiración presidencial.
Este tipo de planteamiento no es nuevo en la región. La política latinoamericana ha estado marcada, en distintos momentos, por liderazgos que se presentan como antagonistas del “establecimiento”. Es una fórmula eficaz: simplifica la complejidad del debate público en una dicotomía clara (el candidato versus el sistema) y permite convertir cualquier cuestionamiento en evidencia de persecución.
Sin embargo, esa misma eficacia encierra riesgos evidentes. Cuando toda crítica se interpreta como un ataque, se desdibuja la frontera entre el control democrático y la hostilidad política. La prensa deja de ser un actor fundamental en la vigilancia del poder y pasa a ser vista como enemiga. Las instituciones, en lugar de ser garantes del equilibrio, se convierten en sospechosas. Y los adversarios políticos dejan de ser contradictorios legítimos para ser señalados como cómplices de una supuesta operación.
En ese contexto, el lenguaje adquiere un papel determinante. El tono de confrontación que acompaña la idea de “Operación Júpiter” no es menor. No se trata únicamente de una denuncia, sino de una forma de posicionar la discusión pública desde la tensión permanente. La promesa de “hacer responder” a quienes, según su visión, han actuado en su contra, introduce además un elemento de justicia punitiva que puede resultar atractivo para ciertos sectores, pero que también plantea interrogantes sobre la relación futura con las instituciones.
Esto conduce a una pregunta inevitable: ¿dónde termina la denuncia legítima y dónde comienza la estrategia política basada en la victimización? Porque es innegable que en cualquier sistema democrático pueden existir sesgos, intereses y disputas de poder. Señalarlos no solo es válido, sino necesario. Pero cuando la narrativa se amplía hasta abarcarlo todo (cuando cada crítica, cada investigación o cada diferencia de opinión se integra en una teoría de persecución) el debate público corre el riesgo de perder matices. Y sin matices, la democracia se empobrece.
La fuerza de una narrativa como “Operación Júpiter” radica en su capacidad de conectar emocionalmente con una ciudadanía que, en muchos casos, desconfía de las instituciones y percibe que el poder opera de manera cerrada. En ese sentido, no debe subestimarse su impacto. Habla directamente a un sentimiento real: el de quienes creen que las reglas del juego no son iguales para todos.
Pero precisamente por eso, exige un análisis cuidadoso. Convertir la política en un escenario de confrontación total puede generar réditos en el corto plazo, pero también puede tener consecuencias profundas en la forma como se concibe el ejercicio del poder. Si todo es lucha, si todo es contra alguien, entonces ¿dónde queda el espacio para construir consensos? ¿Dónde se ubica la posibilidad de gobernar para todos y no solo para quienes comparten una misma narrativa?
“Operación Júpiter”, más allá de su carga retórica, es una ventana para entender el momento político actual. Refleja una tendencia en la que los liderazgos no solo buscan apoyo, sino también identificación emocional a través del conflicto. Y en ese escenario, el riesgo no es únicamente para un candidato o para sus adversarios, sino para la calidad del debate democrático en su conjunto.
Al final, la decisión no está en el discurso, sino en la ciudadanía. Será el electorado quien determine si esta narrativa representa una denuncia legítima de un sistema que debe ser cuestionado o si, por el contrario, es una estrategia diseñada para consolidar apoyo desde la confrontación y la sensación de asedio. Porque en política, las historias pueden ser poderosas. Pero su verdadero impacto depende de quién las escucha… y de cuánto está dispuesto a creer en ellas. Lea, analice, reflexiones y tome su decisión. El 31 de mayo es el día D, Las cartas están echadas, es usted quien debe jugar bien.