
Este 15 de junio, Colombia vivió una jornada que quedará marcada para siempre en la historia contemporánea del país. Miles de ciudadanos salieron a las calles en todo el pais en una marcha silenciosa, pero que resonó con fuerza en cada rincón de la nación y más allá de nuestras fronteras. Fue un clamor sin gritos, una protesta sin arengas, pero con una contundencia que heló la sangre a quienes aún se niegan a escuchar al pueblo: ¡Basta, no más violencia!

Marcharon los estudiantes que sueñan con un futuro sin miedo; los comerciantes formales e informales que ven con angustia cómo la inseguridad los condena al cierre cada dia, los campesinos que, a diario, enfrentan el abandono y el terror; los empresarios que claman por estabilidad y reglas claras; los empleados, los líderes sociales, los profesionales, los creyentes, los jóvenes y los adultos mayores. Marchó el colombiano de bien, sin color político, sin armas, sin odio. Solo con la esperanza de recuperar un país que parece desvanecerse entre discursos hostiles, balas asesinas y polarización.
Lo ocurrido el sábado 7 junio cambió a Colombia para siempre. Eran las horas bajas de la tarde, un sicario atentó contra la vida del senador y precandidato presidencial Miguel Uribe Turbay. No fue un hecho aislado, fue un mensaje de muerte contra la democracia. El país, atónito, se estremeció. Porque si atentan contra un líder político en plena campaña, ¿qué queda para el ciudadano común que cada día enfrenta el mismo riesgo sin cámaras ni titulares?
A la par, la violencia arreciaba cruelmente en el Cauca y en otras regiones del país. En lo que va del mes, las Fuerzas Militares y la Policía han sido blanco constante de ataques cobardes por parte de grupos subversivos que se sienten empoderados. Decenas de nuestros uniformados han sido asesinados en atentados, emboscadas y acciones terroristas. La paz prometida se volvió una farsa cuando los victimarios se sienten con derecho a dictar las condiciones del país y son premiados con micrófonos, curules y escoltas.
Este pueblo, que hoy llora, no quiere más odios desde los balcones del poder ni arengas incendiarias desde la red social X. El presidente Petro debe entender que gobernar no es polarizar, y que cada palabra que lanza contra los “otros” enciende una chispa en un país ya demasiado inflamado y malherido. El llamado de la marcha no fue solo contra el sicariato, fue contra el odio, contra el desprecio a las instituciones, contra los discursos que señalan y dividen.
Queremos una paz verdadera, no una contada por los victimarios. Queremos una Colombia donde el perdón venga acompañado de justicia, donde el campesino no siga enterrando a sus hijos, donde el policía no tenga que despedirse de su familia sin saber si volverá, donde ser opositor no sea una sentencia de muerte. Queremos volver a caminar sin miedo.
La marcha donde el silencio gritó y dejó claro que el pueblo colombiano está despierto. Que ya no quiere ser cómplice del silencio impuesto. Que está cansado de ver cómo los buenos mueren y los malos gobiernan. Que la patria sigue viva en cada uno de nosotros, los que salimos a la calle con el alma en la mano.
Hoy más que nunca, gritamos desde lo más profundo de nuestro ser: ¡BASTA! No más violencia. No más odio. No más polarización. Colombia quiere paz. Pero una paz justa, digna y para todos.