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La garra del Tigre impone su marca en colombia. Por: Silverio José Herrera Caraballo

Contra todos los pronósticos de los grandes laboratorios políticos, contra las maquinarias tradicionales, contra los analistas de escritorio y contra buena parte del establecimiento mediático, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero acaba de convertirse en el gran fenómeno político de Colombia.

Con el 44 % de los votos obtenidos en la primera vuelta presidencial, superando por más de 600 mil sufragios al candidato de la izquierda Iván Cepeda y dejando relegada a un distante tercer lugar a Paloma Valencia, el candidato del movimiento Defensores de la Patria no solamente ganó una elección. Cambió por completo el mapa político nacional.

Lo ocurrido este domingo no es un simple resultado electoral. Es una ruptura histórica.

Durante años la política colombiana estuvo atrapada entre el petrismo y el uribismo. Dos bloques que dominaron el debate nacional mientras millones de ciudadanos observaban con creciente frustración cómo los problemas de seguridad, economía, desempleo y gobernabilidad seguían profundizándose.

En medio de ese desgaste apareció Abelardo de la Espriella. Muchos lo consideraron una candidatura mediática. Otros la calificaron como una aventura personal sin futuro. Algunos incluso se burlaron cuando comenzó a recorrer el país con un discurso frontal, nacionalista, de autoridad y seguridad.

Hoy esos mismos sectores intentan entender cómo un abogado sin experiencia en cargos de elección popular terminó convirtiéndose en el candidato más votado de Colombia.

La respuesta parece estar en algo que la clase política tradicional dejó de escuchar hace mucho tiempo: el sentimiento de una parte importante del país. Mientras los partidos discutían ideologías, reformas y narrativas académicas, miles de colombianos hablaban de otra cosa. Hablaban de inseguridad, de extorsión, de grupos armados, de crisis económica, de miedo y de abandono estatal.

Abelardo entendió ese lenguaje.

Construyó una campaña basada en la autoridad, la defensa institucional, la seguridad y el rechazo frontal a la continuidad del modelo político representado por el actual oficialismo. Su discurso conectó especialmente con sectores empresariales, reservistas, comerciantes, víctimas de la violencia y ciudadanos desencantados con los partidos tradicionales.

Pero el fenómeno no termina allí.

La gran derrotada de la jornada es, sin duda, la derecha tradicional.

Paloma Valencia llegó a esta elección como la heredera natural del uribismo. Ganó la consulta interna del Centro Democrático y durante varios meses fue presentada como la principal alternativa frente a la izquierda. Sin embargo, la campaña perdió fuerza, sufrió divisiones internas y terminó siendo absorbida por el crecimiento vertiginoso de De la Espriella.

Muchos de los votantes más radicales y sectores conservadores migraron hacia el candidato de Defensores de la Patria buscando una opción más contundente y menos ligada a las estructuras tradicionales.

Y ahora viene la verdadera batalla.

La segunda vuelta.

Porque si algo quedó demostrado este domingo es que Colombia está partida en dos grandes bloques políticos.

Por un lado, Iván Cepeda representa la continuidad del proyecto progresista y de izquierda que hoy gobierna el país. Por el otro, Abelardo de la Espriella encarna una propuesta de derecha nacionalista que promete recuperar el control institucional y enfrentar con mano dura la criminalidad.

La pregunta ya no es quién ganó la primera vuelta.

La pregunta es quién logrará construir la mayoría nacional para gobernar.

Y los movimientos comenzaron apenas cerraron las urnas.

Sectores de Cambio Radical ya anunciaron su respaldo a Abelardo. Dirigentes importantes de la oposición, así como figuras cercanas al uribismo, han empezado a cerrar filas alrededor de quien hoy aparece como la figura más fuerte para enfrentar a la izquierda en segunda vuelta. Eso podría modificar completamente el escenario electoral.

Los votos de Paloma Valencia, buena parte del electorado independiente de derecha, sectores empresariales y votantes de centro preocupados por la economía podrían terminar fortaleciendo la candidatura del llamado “Tigre”.

Sin embargo, tampoco será una tarea sencilla.

Iván Cepeda conserva una maquinaria política poderosa, el respaldo de los sectores progresistas y una base electoral sólida que supera los nueve millones de votos. Además, la izquierda llegará a la segunda vuelta con un mensaje claro: impedir que Colombia dé un giro hacia una derecha que muchos califican como radical.

Lo cierto es que el país acaba de entrar en una nueva etapa política.

La vieja disputa entre petrismo y uribismo parece haber quedado atrás.

Ahora el escenario es otro.

Un Tigre irrumpió en la arena política, rompió todos los cálculos, desplazó a los partidos tradicionales y obligó a Colombia a replantear su futuro político.

La segunda vuelta ya no será una simple elección presidencial.

Será una confrontación entre dos modelos de país.

Y apenas acaba de comenzar.

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