
El ministro de Hacienda, Germán Ávila Plazas, encargado de “funciones presidenciales” en reemplazo de Gustavo Petro, quien está viajando sin objetivo claro por Europa, también se ocupa en estos días de vigilar los trámites necesarios para hacer el empalme entre el gobierno saliente y el equipo del nuevo presidente de la República, Abelardo de la Espriella.
Pero no lo está haciendo bien. Lo primero que se le ocurrió a Germán Ávila fue desconocer la legitimidad del presidente electo. Según el ministro, en la contienda entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda –que el primero ganó de manera absolutamente clara en la primera y segunda vuelta–, no hubo vencedor. Para reducir la importancia histórica del triunfo de El Tigre y de la derrota del senador comunista Iván Cepeda, el ministro Ávila lanzó, como si fuera nada, un disparate enorme que pasó desapercibido. Según Ávila la, los votos de los colombianos no designaron un ganador el 21 de junio sino crearon “un empate con ganador”.
No, señor ministro, usted confunde todo. En español, si hay empate no hay un ganador. En los deportes, cuando los rivales alcanzan igual número de puntos hay empate. Cuando en una elección dos candidatos alcanzan igual número de votos, hay empate. Ese no fue lo que ocurrió el 21 de junio. El oximoron inventado por Germán Ávila no lo deberíamos tomar como un chiste: es un insulto solapado a todos los colombianos que eligieron un presidente y que, con ello, marcaron una ruptura con el gobierno anterior por sus actuaciones desastrosas y subversivas. Obviamente, una diferencia estrecha entre las dos fuerzas políticas no es un empate entre ellas.
Supongo que esa fórmula del ministro Ávila tiene un propósito. No creo que el ministro petrista hable por hablar. Detrás de esos juegos de palabras hay una intención política. Cómo hay, según él, “empate”, ¿el nuevo gobierno debe repartir los ministerios entre las dos fuerzas “empatadas”? ¿Como hay “empate” la coalición petrista está exigiendo que el nuevo gobierno acoja sus consejos en temas estratégicos? ¿Debe llegar a pactar un “acuerdo nacional”?
Veamos más de cerca el asunto. El ministro petrista quiere prohibirle al equipo del nuevo presidente utilizar expresiones como “empalme anticorrupción”. Ávila dice que ello podría “fracturar de la legitimidad democrática”. ¿De qué legitimidad democrática habla el señor ministro? Germán Ávila representa un gobierno que no respetó ninguna norma, ningún reglamento, ningún protocolo, ninguna decencia democrática.
¿El petrismo quiere imponer su lenguaje ambiguo al nuevo gobierno? ¿Quiere banalizar algo así como el novlangue de que hablaba George Orwel, donde “la guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza”? Convencido de que los empalmes entre dos gobiernos están hechos para que el mandatario saliente influya sobre los futuros actos del nuevo gobierno, el ministro Ávila criticó acerbamente, pero sin dar argumentos, la reciente decisión de la Junta Directiva del Banco de la República sobre el aumento de las tasas de interés. Aunque derrotado, el petrismo intenta acreditar hasta último minuto sus recetas ineptas para ganar de cierta forma tras bambalinas. Abramos los ojos.