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El día en que la alegría se volvió silencio. Por: Silverio José Herrera Caraballo

Hay días que llegan al calendario para celebrar la vida, pero terminan quedándose en el alma como recuerdos de dolor eterno. Así ocurrió aquella mañana del 8 de mayo de 2016. Un domingo que debía ser de abrazos, de risas y de celebración por el Día de la Madre, terminó convirtiéndose en el día más triste de nuestra familia: el día en que mi padre decidió partir al cielo.

Han pasado diez años desde aquel día y todavía me cuesta aceptar que el tiempo haya seguido avanzando sin la presencia de mi viejo. Porque hay hombres que no solo hacen falta en una casa; hacen falta en la vida misma. Y mi padre era precisamente eso: el árbol fuerte bajo cuya sombra crecimos todos.

Silverio Ricardo Herrera Arrieta fue un hombre sencillo, nacido en las sabanas de San Pedro, criado entre el polvo de los caminos campesinos, el trabajo duro y las necesidades propias de una época difícil. No conoció riquezas ni privilegios, pero poseía algo mucho más valioso: la nobleza de un corazón limpio.

La vida le dejó marcas en el cuerpo. Los años encorvaron lentamente su espalda y llenaron de arrugas su rostro, pero jamás pudieron doblegar su espíritu. A pesar de la diabetes y de las dificultades de la edad, seguía siendo ese hombre fuerte que transmitía tranquilidad con solo verlo sentado en su mecedora, siempre con su sombrero inseparable y esa mirada serena de quien ha vivido con dignidad.

Nosotros lo llamábamos “el viejo Colacho”. Y detrás de ese apodo cariñoso se escondía toda la admiración que sentíamos por él. Porque mi padre no necesitó estudios ni grandes discursos para convertirse en el mejor maestro de mi vida. Apenas sabía escribir su nombre, pero supo enseñarme valores que hoy muchos profesionales desconocen: la honradez, el respeto, la responsabilidad y el amor por la familia.

Antes de poner un pie en la Escuela Militar, ya yo venía formado desde casa. Mi padre me enseñó que la palabra de un hombre vale más que cualquier documento firmado; que el trabajo digno jamás avergüenza; y que la pobreza nunca debe ser excusa para perder la decencia.

Hoy, después de más de medio siglo de vida, entiendo que aún me falta mucho para parecerme al hombre que fue él. Porque existen padres que dejan bienes materiales, pero hay otros que dejan herencias invisibles mucho más grandes: el ejemplo.

Y esa fue la mayor fortuna que nos dejó mi viejo.

Aquel Día de la Madre quedó marcado para siempre en nuestra memoria. La alegría de reunirnos en familia se transformó en lágrimas. Los abrazos de celebración se mezclaron con el dolor de una despedida inesperada. Desde entonces, cada vez que llega mayo, el corazón inevitablemente vuelve a aquel instante en que sentimos que el mundo se nos detenía.

La muerte de un padre cambia la vida para siempre. Uno aprende a continuar, a sobrevivir a la ausencia, pero jamás logra acostumbrarse completamente. Siempre hará falta su consejo, su voz, su presencia silenciosa en medio de las dificultades.

Hoy, diez años después, sigo mirando al cielo buscándolo en las noches estrelladas y en los amaneceres tranquilos. Y aunque sé que Dios lo llamó a su lado, no puedo negar cuánto extraño sentarme a conversar con él, escuchar sus historias y sentir esa seguridad que solo un padre verdadero puede transmitir.

Pero entre la nostalgia y el dolor también vive la gratitud. Gratitud con Dios por haberme permitido tener un padre bueno, trabajador y honrado. Gratitud por cada sacrificio suyo, por cada enseñanza y por cada momento compartido.

Porque mientras exista un hijo que recuerde con amor a su padre, los hombres buenos nunca terminan de morir.

“Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen sobre la tierra.”

— Éxodo 20:12

Y hoy, al cumplirse diez años de su partida, solo puedo decir:

Gracias, viejo querido…

Porque, aunque ya no estás físicamente, sigues viviendo en cada paso correcto que damos tus hijos.

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