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COSTA NOTICIAS

Hay una relación entre la falsa memoria y las peores tragedias nacionales. Por: Eduardo Mackenzie

Los representantes de la anti-memoria no aceptan que su gestión terminó y que el Centro Nacional de la Memoria Histórica (CNMH) debe servir ahora a la ciencia y no a la ideología ni a las imposturas con las que quieren ocultar y borrar del alma colombiana algo tremendamente esencial para todos: que a comienzos de la Guerra Fría, Colombia fue el teatro de una brutal agresión comunista, ordenada y dirigida, durante décadas, por Moscú.

En febrero de 1945, y después de la capitulación del Tercer Reich, Stalin decidió que no le bastaba el “reparto del mundo” hecho en la conferencia de Yalta por los aliados y empezó a jugar al matón del barrio con sus actos de intimidación contra Checoslovaquia, Alemania, Polonia, Turquía, Grecia, Rumania, Corea y China. Así, el 13 de mayo de 1945, tras la muerte de Roosevelt, Churchill dijo en la BBC que “sería poco útil castigar a los hitlerianos si regímenes totalitarios o policiacos los reemplazan”.  El presidente Truman, por su parte, declaró el 5 de enero de 1946: “Otra guerra estallará si no les oponemos una mano de acero y un lenguaje duro […]. ¡Estoy harto de jugar al niñero de los soviéticos!”.

El paranoico amo del Kremlin creyó que Estados Unidos estaba preparando la “tercera guerra mundial” contra la URSS y ordenó a los partidos comunistas intentar dispersar la fuerza americana y tomar el poder o desestabilizar los países aliados de Washington. En Francia e Italia, para dar solo dos ejemplos, estallaron huelgas insurreccionales y en Berlín los blindados rusos amenazaron a los soldados americanos. El paso de la Guerra Fría a la Guerra Fría-caliente estaba en marcha.

El bloque soviético también embistió contra el mundo libre en el continente americano, incluyendo a Colombia. Reforzó los organismos de violencia armada y de agit-prop y perfeccionó la penetración de las instituciones y partidos “burgueses”.

Los aparatos subversivos fueron mostrados como fuerzas revolucionarias nativas y defensivas tan legítimas o más que las fuerzas militares que protegían las sociedades libres.

Colombia no fue la excepción. El asesinato del líder liberal Gaitán fracasó en su objetivo de derribar el gobierno conservador. Aparecieron entonces las “repúblicas independientes” en varios departamentos. La tesis del “conflicto armado interno” vendría años después. Por el momento, la propaganda tenía un solo objetivo:  legitimar los crímenes que cometían las guerrillas orientadas por la URSS, primero, y enseguida, y simultáneamente, por la China de Mao, la Cuba de Castro y los partidos comunistas europeos y del hemisferio.

Fundado tardíamente, en 2011, el CNMH habría podido ayudar al análisis de ese largo y complicado periodo y contribuir al desarrollo de la ciencia histórica. No lo hizo. Desde el comienzo, toda su producción fue desviada y modelada según los criterios del “conflicto armado interno”. El texto oficial que define la “misión” y la “función” del CNMH es articulado por esa noción (1).  

Así impidieron que Colombia viera claro y la descripción más cercana a la verdad –la de una agresión terrorista de largo alcance y no un “conflicto” irracional entre los colombianos—fue borrada.

Tomado gramaticalmente de una norma de derecho internacional, la fórmula “conflicto armado interno” cumple en Colombia una función ideológica que escapa a lo jurídico. Esa frase sugiere que la guerra subversiva en Colombia (rebajada a un mero “conflicto”) es el resultado de la lucha interna de clases, de la “desigualdad”, de la “lucha por la tierra”, de la sociología del país y hasta del “temperamento impulsivo” de los colombianos.

Jamás el hecho central, la decisión política tomada en Moscú de implantar y alimentar la lucha armada para disponer de uno o varios puestos avanzados de la URSS en Latinoamérica, como lograron hacerlo años más tarde en Cuba, aparece en la literatura progresista de la época. Y nada de eso fue escrito en la documentación oficial del CNMH.

Los textos producidos por el CNMH tenían y tienen un hilo conductor, una especie de marca de fábrica: el Estado y las fuerzas militares de Colombia son ilegítimos y son los agresores y las guerrillas comunistas son víctimas que sólo buscan la paz (2); los paramilitares son una creación del “Estado burgués”, los carteles de la droga son creaciones “del capitalismo”, etc. Conclusión latente: habrá paz cuando el comunismo tome el poder. Y agregaron: toda duda sobre el dogma del “conflicto armado interno” debe ser rechazada, ocultada y castigada.

Sí, castigada. Los falsificadores hicieron saber desde el primer día que ese concepto es intocable pues la ley 1448 de 2011, base jurídica del CNMH, lo ha patentado. Mirar la realidad de frente o proponer otro punto de vista es, según ellos, motivo de sanción administrativa, si no penal.

Gustavo Petro e Iván Cepeda desataron campañas de hostigamiento desde el Senado colombiano contra el profesor universitario Darío Acevedo Carmona, el primer director del CNMH (2019-2022) que intentó poner, en los trabajos del CNMH, a las víctimas del “conflicto” en el centro de la actividad y de incluir en la categoría “víctimas” a los militares y policías asesinados, secuestrados, heridos y mutilados por el narco-terrorismo.

La independencia intelectual de Darío Acevedo fue castigada con falsas acusaciones contra su gestión, con audiencias de “control político” en el Senado y con denuncias ante la Procuraduría y ante la misma JEP (justicia especial para proteger la impunidad pactada con los jefes de las Farc). Desde luego, Acevedo venció a todos sus detractores (3), pero esos métodos muestran el terror difuso en la que los directivos, empleados y contratistas, los anteriores y posteriores al profesor Acevedo, tenían que trabajar en esa dependencia oficial (4).

Es cierto que la ley 1448 de 2011 utiliza a título indicativo el término “conflicto armado interno”, pero ello no constituye un reconocimiento científico de una realidad socio-política. Por otra parte, las versiones oficiales suscitan en Colombia desconfianza. Luego ningún director, ningún investigador, documentalista y testigo tenían por qué someter su trabajo a ese corsé ideológico.

Alain Besançon, el mejor sovietólogo de Francia, escribió en 1994: “El comunismo es por esencia una falsificación histórica. Su sistema ideológico es analizado como una historiosofía, una metahistoria, es una narración que explica todo, desde el origen del mundo hasta el fin de éste. No obstante, ese sistema es falso en cada uno de sus tramos”. Y agregó: “Es un sistema de mentira para persuadir a los amigos potenciales del socialismo y para engañar a sus enemigos”.

El INMH acaba de recibir un nuevo director nombrado por el gobierno de Abelardo de la Espriella. Dmar Córdoba es abogado, profesor universitario y periodista. Él es visto como una segunda apertura en el muro. Él tiene la oportunidad de corregir el rumbo anómalo y restaurar la verdad de la violencia subversiva que vive Colombia desde hace tantas décadas. Él podría combatir sin tregua, con ardor y confianza, las narrativas descritas que no son más que pasos lamentables en la destrucción de la ciencia histórica colombiana.

Furiosos por la llegada de Dmar Córdoba al CNMH, activistas de extrema izquierda inmediatamente lo acusaron de haber “descrito” el conflicto armado interno de Colombia como una “narrativa” y haber sido uno de los millones de colombianos que ganaron el referendo de 2016 y rechazaron los pretendidos “acuerdos de paz” con las Farc en La Habana.

Eso es lo que aún hoy está en juego: la verdad del drama que Colombia vive desde hace 80 años. Para deslegitimar la lucha del pueblo colombiano por su libertad y por la civilización, esos poderes escribieron toneladas de manuales, folletos y libros. Hoy siguen repitiendo los mismos elementos de lenguaje. Filtran y eliminan todo libro e información que contradiga sus esquemas. Y peor: no hay invocación alguna a la decencia que los haga cambiar de discurso.

Son así pues ignoran que la historia es importante. La guerra subversiva produce desastres cada día. La impunidad que disfrutan los jefes de las Farc, por ejemplo, fue la base de la expansión de esa organización en cuatro o cinco fracciones criminales activas e implacables. La historia y a su vez la memoria hay que protegerlas pues ellas están ligadas a la paz y a su contrario: la guerra permanente.

George Orwell decía que los totalitarios quieren controlar el pasado para también controlar el futuro. Alain Besançon reiteró: “El poder soviético se arrogó el poder que Santo Tomás de Aquino le rechazaba a Dios mismo: hacer que lo que aconteció no haya acontecido”.

(1).- Ver  https://www.canalinstitucional.tv/te-interesa/funcion-e-importancia-del-centro-de-memoria-historica

(2).- ver Enemigos de la Historia, por Eduardo Mackenzie, 14 de febrero de 2020, en Costa Noticias,  https://costanoticias.com/enemigos-de-la-historia-por-eduardo-mackenzie/

(3).-Ver  https://lalinternaazul2.wordpress.com/2024/08/16/brillante-triunfo-judicial-del-historiador-dario-acevedo-carmona/

(4).- El CNMH fue tan lejos en su dependencia de la JEP que terminó entregándole a ésta una copia íntegra de su documentación de 2022 a 2026, vertidos en 257 libros, 209 documentales, 91 episodios de pódcast y 68 micrositios, además de archivos, bases de datos y recursos pedagógicos que documentan la historia del llamado conflicto armado colombiano.

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