
“La tierra por sí sola no genera riqueza. El futuro del campo colombiano depende de transformar cada hectárea en una unidad productiva mediante infraestructura, tecnología, financiamiento y acceso a mercados. Sin productividad, la reforma agraria corre el riesgo de convertirse en una nueva frustración nacional.”
La discusión sobre el futuro del campo colombiano continúa atrapada en una visión incompleta del desarrollo rural. Seguimos hablando de tierra cuando deberíamos estar hablando de productividad.
La tierra, por sí sola, no genera riqueza.
Sin agua, drenajes, energía, vías, crédito, asistencia técnica y acceso a mercados, la tierra es apenas un activo improductivo. Por eso, repartir tierra sin infraestructura productiva equivale, muchas veces, a repartir pobreza.
Los recientes debates sobre política agropecuaria han demostrado que existen importantes puntos de convergencia alrededor del fortalecimiento del productor, la seguridad jurídica, la competitividad, las exportaciones y el desarrollo de la infraestructura rural. Sobre esas coincidencias debe edificarse la estrategia agropecuaria del próximo gobierno.
Sin embargo, el país necesita ir más lejos.
La verdadera reforma agraria no consiste únicamente en transferir la propiedad, el usufructo, el arrendamiento o la tenencia de un predio. La verdadera reforma consiste en garantizar que esa tierra produzca riqueza, empleo y bienestar desde el primer día.
Por ello, Colombia debería replantear el ritmo y la forma de las nuevas adjudicaciones de tierras. Ninguna entrega debería realizarse sin que exista previamente un programa verificable de infraestructura productiva, acceso al agua, drenajes, financiamiento, asistencia técnica, conectividad y comercialización.
Cuando el Estado entrega tierra sin estas condiciones, corre el riesgo de trasladar al beneficiario una carga que termina reproduciendo el abandono, la informalidad o la reconcentración de la propiedad. La historia rural colombiana ofrece suficientes ejemplos para no repetir ese error.
La solución no pasa por crear nuevas instituciones. El país ya dispone de la Agencia Nacional de Tierras, la Agencia de Desarrollo Rural, la Unidad de Restitución de Tierras, FINAGRO, el Banco Agrario, AGROSAVIA, el ICA y múltiples instrumentos de financiación pública y privada. Lo que falta es una visión compartida que articule estas capacidades alrededor de un objetivo común: transformar tierra en productividad y productividad en prosperidad.
Esa transformación debe financiarse mediante asociaciones público-privadas, obras por impuestos, concesiones, iniciativas privadas, fondos de inversión rural y alianzas productivas que permitan atraer capital hacia las regiones.
El caso de la represa de El Cercado, en La Guajira, representa una oportunidad emblemática. El agua existe. La infraestructura principal fue construida. Lo que falta es completar el sistema productivo que permita irrigar miles de hectáreas, generar empleo formal, atraer agroindustria y convertir una región históricamente rezagada en un centro de desarrollo económico.
Adicionalmente, Colombia debe recuperar y fortalecer la cooperación técnica internacional con los países más avanzados en gestión hídrica, riego tecnificado, agricultura de precisión y productividad rural. La experiencia de Israel en el uso eficiente del agua, así como los modelos desarrollados por otras potencias agroalimentarias, constituyen referentes que el país no debería ignorar.
Colombia posee las condiciones para convertirse en una potencia agroalimentaria mundial. Su diversidad climática, disponibilidad de tierras, capacidad de producción permanente y ubicación estratégica ofrecen ventajas excepcionales para participar con mayor fuerza en los mercados globales de alimentos.
Pero para lograrlo debemos abandonar la discusión exclusiva sobre la propiedad de la tierra y concentrarnos en su capacidad de generar riqueza.
El debate del siglo XX fue quién era dueño de la tierra.
El debate del siglo XXI debe ser cómo hacemos productiva cada hectárea de Colombia.
Porque la tierra no produce riqueza por decreto. Produce riqueza cuando llegan el agua, la tecnología, la energía, las vías, el crédito, la innovación y los mercados.
La mejor reforma agraria no es la que reparte más hectáreas.
Es la que crea más productores exitosos, más empleo rural, más inversión, más exportaciones y más prosperidad para Colombia.
@lacoutu.