
En Colombia podemos encontrar de todo: exministros devenidos en analistas, exfutbolistas convertidos en comentaristas, exgobernadores reciclados en candidatos, e incluso ciudadanos que cambian de opinión política con la misma rapidez con la que cambian las tendencias en redes sociales. Pero hay algo que, como bien lo ha planteado el candidato y líder del movimiento Defensores de la Patria, no debería existir: los “ex patriotas”.
Porque el patriotismo no es una camiseta que se usa en campaña y se guarda en el armario cuando se llega al poder. Es, o debería ser, una convicción permanente. Y es precisamente ahí donde hoy Colombia enfrenta una de sus mayores contradicciones.
El país apostó por un cambio. Y sí, el cambio llegó. Pero no necesariamente en la dirección que muchos esperaban. Lo que prometía ser una transformación estructural terminó, para un sector importante de la ciudadanía, en una sensación de retroceso, desorden y desconexión entre el discurso y la realidad.
La seguridad se deteriora en varias regiones, la institucionalidad se ve constantemente tensionada y los escándalos políticos (reales, investigados o en discusión pública) ocupan más espacio que las soluciones concretas. El ciudadano de a pie, mientras tanto, observa cómo el debate se diluye entre señalamientos, justificaciones y narrativas cruzadas.
El problema no es solo el gobierno de Gustavo Petro. Sería demasiado simple reducirlo a una sola figura. El problema es más profundo: una forma de hacer política donde la épica del cambio parece haber sustituido la responsabilidad de gobernar.
En ese escenario emergen voces que prometen corregir el rumbo. Entre ellas, la de Abelardo de la Espriella, quien ha construido su discurso alrededor de la autoridad, el orden y la recuperación del control del Estado. Su narrativa conecta con un sentimiento creciente en sectores de la población: la necesidad de firmeza frente al caos.
Pero aquí es donde el país debe actuar con cabeza fría. Porque si algo ha demostrado la historia política colombiana es que las soluciones fáciles o los discursos de mano dura, por sí solos, no resuelven problemas estructurales. Pueden generar adhesión, sí. Pueden canalizar frustración, también. Pero gobernar exige más que carácter: exige estrategia, institucionalidad y resultados sostenibles.
El riesgo, entonces, no es solo continuar por un camino que muchos consideran equivocado, sino saltar sin suficiente reflexión hacia otro que promete certezas rápidas en medio de la incertidumbre.
Colombia no necesita ex patriotas. Necesita ciudadanos coherentes, líderes responsables y una clase política capaz de entender que el poder no es un trofeo ideológico, sino una obligación permanente con la realidad del país.
Porque al final, más allá de los discursos, las consignas y los candidatos, la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién está realmente dispuesto a asumir el costo de gobernar bien?