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“Pollerón”. Por: Silverio José Herrera Caraballo

“A los terroristas los abraza, pero al debate democrático le huye”

La campaña presidencial continúa perfilando no solo diferencias ideológicas sino también contrastes de carácter. El abogado y candidato presidencial Abelardo Gabriel De La Espriella Otero ha lanzado un desafío público al senador Iván Cepeda Márquez para sostener un debate abierto ante el país, un cara a cara donde se confronten modelos de Estado, posturas frente a la economía, la institucionalidad y la seguridad nacional. Hasta ahora, ese reto no ha tenido respuesta directa, lo que ha llevado al candidato a afirmar que su contendor “se esconde en las polleras” del presidente Gustavo Petro para evitar la confrontación pública.

Más allá de la frase, que sin duda encendió el debate político, el fondo del asunto es sustancial. En democracia, el debate no es un favor que se concede al adversario; es una obligación con el electorado. Quien aspira a dirigir los destinos de la nación debe estar dispuesto a exponer sus ideas, a defenderlas y a someterlas al escrutinio público. La ausencia de respuesta frente a un reto directo deja abiertas preguntas legítimas sobre la disposición a confrontar argumentos en igualdad de condiciones.

De La Espriella sostiene que el país necesita claridad frente a las posturas ideológicas que representan las distintas candidaturas. Ha cuestionado abiertamente las afinidades de Cepeda con modelos políticos como los de Venezuela, Cuba y Nicaragua, señalando las crisis institucionales y económicas que han marcado a esas naciones. En su visión, esos referentes no pueden convertirse en horizonte para Colombia y, precisamente por ello, considera imprescindible debatirlos sin intermediarios y sin evasivas.

El contraste programático también es evidente. El líder de Defensores de la Patria ha planteado una agenda basada en la defensa de la economía libre de mercado, la reducción del tamaño del Estado, la disminución de impuestos, el fortalecimiento de la Fuerza Pública y la defensa de la Constitución de 1991. Frente a ello, cuestiona propuestas de sectores de izquierda que han sugerido la convocatoria de una asamblea constituyente como mecanismo de transformación institucional. Para él, ese camino representa riesgos para la estabilidad democrática y debe discutirse de frente ante la ciudadanía.

En este escenario, el silencio adquiere un peso político propio. Puede interpretarse como estrategia, pero también como evasión o hasta miedo. Colombia atraviesa momentos complejos en materia de seguridad, economía y cohesión social, y la ciudadanía exige liderazgos capaces de debatir con firmeza y respeto. Resulta paradójico (señalan críticos del senador) que se promuevan diálogos amplios en escenarios sensibles del conflicto armado, mientras se rehúye la confrontación democrática entre adversarios políticos.

La campaña apenas comienza, pero ya deja lecciones sobre la importancia del debate público. Los colombianos tienen derecho a escuchar, comparar y decidir con información completa. El país no necesita monólogos ni intermediarios; necesita candidatos dispuestos a dar la cara y a sostener con argumentos el modelo de nación que proponen. En política, el liderazgo se mide tanto por las ideas como por la valentía de defenderlas ante quien piensa distinto. Esta novela apenas empieza, el último capítulo estará en las urnas.

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