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Una manta de corrupción cubre a la Guajira. Por: Silverio Jose Herrera Caraballo

Señoras y señores, prepárense para un viaje por los vericuetos más oscuros de la política nacional. La senadora Martha Peralta Epieyú, conocida por su ferviente defensa de las causas indígenas en el Congreso, ahora se encuentra en el ojo del huracán. La Fiscalía la señala por presuntamente haber intervenido en un contrato de más de 2.000 millones de pesos destinado a la contratación de maquinaria para la recuperación de Riohacha, en La Guajira.

Según el ente acusador, en septiembre de 2023, Peralta habría participado en una reunión en la sede de la UNGRD junto a los contratistas Isaac Francisco Rizcala Lozano y Jorge Rizcala Muvdi, representantes de Inversiones IRL SAS. En dicho encuentro, se habría acordado el direccionamiento del contrato para el mantenimiento de jagüeyes en La Guajira, favoreciendo a la mencionada empresa. Este contrato, adjudicado un mes después, sigue vigente, lo que añade más leña al fuego de la controversia.

Pero la trama se enreda aún más. Los Rizcala no son desconocidos en La Guajira; su historial incluye participaciones en múltiples contratos y obras inconclusas. Jorge Rizcala Muvdi, por ejemplo, es primo de William Rizcala Muvdi, señalado por el fallido Parque Tayku en Santa Marta, una obra que terminó convertida en un elefante blanco.

Mientras tanto, la senadora Peralta niega rotundamente las acusaciones, calificándolas de infundadas y asegurando que no tiene ninguna investigación formal en su contra. Sin embargo, las sombras de la duda se ciernen sobre ella, especialmente cuando se le ve defendiendo con vehemencia los derechos indígenas en el Congreso, pero disfrutando de los placeres capitalistas en París. ¿Doble moral o simple contradicción? Dejamos la pregunta en el aire.

Este escándalo es solo una muestra más de cómo la corrupción sigue carcomiendo las entrañas de nuestras instituciones. La UNGRD, que debería ser un bastión en la gestión de desastres, se ve envuelta nuevamente en manejos turbios y contratos cuestionables. Y mientras tanto, La Guajira, tierra de riquezas culturales y naturales, sigue sumida en el abandono y la desidia.

Así que, queridos oyentes, mientras la manta oscura de la corrupción sigue cubriendo a La Guajira, nos preguntamos: ¿cuántos más caerán en esta red de engaños antes de que la justicia ilumine la verdad? ¿Será este el despertar que tanto necesita nuestra tierra olvidada? Solo el tiempo lo dirá, pero hasta entonces, mantengamos los ojos bien abiertos y no dejemos que nos vendan más cuentos chinos.

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