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¿Por qué la extrema izquierda francesa llora la caída de Nicolás Maduro? Por: Eduardo Mackenzie

En la noche del 3 de enero, los seguidores del líder extremista Jean-Luc Mélenchon criticaron acerbamente la brillante operación de las tropas especiales norteamericanas que capturaron al narco-dictador venezolano Nicolás Maduro y lo extrajeron de su búnker blindado en el Fuerte Tiuna de Caracas.

La France Insoumise (LFI), invitó a sus miembros a reunirse en la plaza de la République, en París, donde Mélenchon, ante una escasa audiencia, se apoderó del micrófono e hizo un discurso lunático: “Este es un momento triste y hay que mirarlo en toda su dureza, ustedes son mirados en toda América del Sur y en Venezuela”.

En América Latina y Venezuela, las mayorías saludaron esa gran noticia, aunque en Caracas, por miedo a la represión, los gestos de alegría fueron velados.

Repitiendo lo dicho por La Habana y Moscú, el partido de Mélenchon exigió “la liberación inmediata de Nicolás Maduro y de su esposa” y proclamó que la caída del dictador venezolano es una “violación del derecho internacional”.

La furia del melanchonismo empeoró cuando el presidente Emmanuel Macron saludó la caída de Maduro. La izquierda esperaba que él dijera lo contrario, pero Macron los asombró. “El pueblo venezolano ahora está libre de la dictadura de Nicolás Maduro y solo puede regocijarse”, tuiteó Macron el 3 de enero.  Y agregó: “Al tomar el poder y pisotear las libertades fundamentales, Nicolás Maduro ha socavado gravemente la dignidad de su propio pueblo. La próxima transición debe ser pacífica, democrática y respetuosa de la voluntad del pueblo venezolano. Esperamos que el presidente Edmundo González Urrutia, elegido en 2024, pueda garantizar esta transición lo más rápido posible.”

La idea de que Maduro pueda ser juzgado en Nueva York y que el tinglado despótico que él controlaba con mano de hierro –que comenzó en diciembre de 1998 por su predecesor Hugo Chávez–, esté a punto de derrumbarse, gracias a la operación ordenada por Trump, es insoportable para LFI.  La diputada Ersilia Soudais le lanzó a Macron: “¡Eres el pelele de Trump! (…) ¡Estás mancillando el honor de nuestro país!”.  Su colega Danièle Obono también perdió los estribos y esgrimió el conocido insulto comunista: “lacayo del imperialismo”.

Miembro del primer círculo de íntimos de Mélenchon, Éric Coquerel fue otro de los que mostró la adoración de LFI por los dictadores “revolucionarios” al repetir la soflama de que esa captura es la “negación del derecho internacional” y es una “violación de la soberanía de los pueblos”. ¿Dónde estaban esos activistas cuando Hamas cometió el pogrom del 7 de octubre de 2023? Ese crimen de lesa humanidad, donde miles de judíos fueron asesinados por Hamas, no fue denunciado por LFI. Por el contrario, algunos lo presentaron como un “acto de resistencia” contra Israel.

El discurso mediático y las justificaciones

¿Maduro personifica la “soberanía” del pueblo venezolano? ¿Un individuo formado en Cuba, que había usurpado el poder mediante el fraude electoral sistemático, la corrupción, el narcotráfico y las bayonetas? ¿Qué pueden pensar de esa postura los ocho millones de venezolanos que tuvieron que huir de su país? ¿Qué dirán las familias de los jóvenes asesinados por francotiradores cubanos de la policía “bolivariana” durante las enormes manifestaciones contra Maduro?

¿No ve esa extrema izquierda la relación directa que existe entre la actividad de los carteles venezolanos y colombianos y la explosión de la violencia urbana y del consumo de drogas en Francia, España y otros países del Viejo Continente?

El diputado Coquerel es indiferente ante el sufrimiento de los europeos y latinoamericanos. Su grupo pretende ignorar que países como Chile y Colombia fueron víctimas de las sangrientas “brisas bolivarianas”, léase revueltas golpistas, organizadas y financiadas por Caracas en 2019, 2020 y 2021, que precedieron la instalación de dos regímenes marxistas, el del comunista Gabriel Boric y el del exguerrillero Gustavo Petro.

Coquerel, el mismo que se opone al rearme de Francia y de Europa ante las amenazas de Putin, enfrenta dos procesos penales: uno por hostigamiento sexual contra Sophie Tessier, una militante de extrema izquierda, y otro por violencia contra agentes del orden, cargos que él niega.

Al día siguiente, el PCF, LFI y el Partido de los Trabajadores citaron a una marcha en Chartres para exigir la liberación de Nicolás Maduro. Pena perdida: apenas un puñado de activistas salieron a la calle.  Allí, Michel Pozé, miembro del PCF, gritó que la captura de Maduro “¡es un verdadero acto de agresión, un acto intolerable, un escándalo!”. Lea Tourret se mostró espantada: cree que Trump va a devorar también a Francia y Europa. “Este ataque de Trump pone en peligro a otros países. ¿Dónde se detendrá? Es muy preocupante”.

Emmanuel Bompard, diputado de LFI, se negó a discutir sobre la naturaleza del régimen venezolano y no admitió que Maduro es un dictador. Furioso porque Europa no rechaza esa exfiltración, pidió que Francia adopte una posición de país “no atlantista ni alineado”, como preconizan Moscú y Pekín.

El lunes 5, la propaganda izquierdista, sobre todo en la televisión, introdujo otro elemento de lenguaje: Maduro es quizás un odioso personaje, pero “los métodos utilizados por Trump son ilegales”. Los quejosos fueron incapaces de explicar qué otro método habrían utilizado ellos para ponerle fin a una narco-dictadura de 26 años respaldada por Pekín, Moscú y Teherán.

El presidente Trump, desde el Air Force One, tocó otro punto: “Colombia también está muy enferma, gobernada por un hombre enfermo al que le gusta fabricar cocaína y vendérsela a Estados Unidos, y no va a seguir haciéndolo por mucho tiempo, déjenme decirles. Tiene campos de coca y fábricas de cocaína. No lo va a seguir haciendo por mucho tiempo.” Mélenchon no ha querido comentar eso, aunque sus relaciones con Gustavo Petro son de vieja data.

Ideología y contexto internacional

Para la extrema izquierda las atrocidades del régimen madurista son perdonables pues necesarias para impulsar la revolución en América Latina y consolidar sus proyectos en Europa, como los que emergieron en España con el partido Podemos y con el régimen de Pedro Sánchez, y en Francia con la ilusoria estrategia de LFI para llegar a la presidencia de la República en 2027.

Las gesticulaciones por la caída de Nicolás Maduro revelan, sobre todo, el malestar que suscita en esos círculos la fragilidad de las posiciones europeas frente a los cambios operados en el mundo desde la implosión de la URSS, el auge del terrorismo islámico, el apogeo industrial y comercial de China y el lento declive industrial y comercial del mundo occidental.

La respuesta timorata de Europa, y su creencia en las bondades de un mundo multipolar, no hizo sino agravar las diferencias en el seno de la Alianza Atlántica. Ese malestar parece haberse convertido en angustia en los cenáculos de izquierda al ver que la única superpotencia capitalista capaz de intervenir militarmente en cualquier punto del globo, pero venida a menos en los últimos años, busca retomar el liderazgo del mundo libre que le compete, para reforzar el liberalismo económico y frenar las tentaciones totalitarias.

En ese contexto, Washington, en lugar de aislarse, como quieren sus enemigos, busca soluciones concretas a situaciones inaceptables como la agresión rusa contra Ucrania, la negligencia europea en materia de defensa, el terror de Hamas en Medio Oriente, el rearme atómico iraní, las pretensiones hegemonistas de China y la expansión en América Latina de dictaduras comunistas dependientes de Pekín (Cuba, Nicaragua, Venezuela, la Bolivia de Evo Morales), y de regímenes antiliberales (la Argentina pre-Milei, el Brasil de Lula, la Colombia de Petro, etc.).

La creencia en un mundo multipolar donde los valores democráticos serían sólo un ingrediente más de la ideología flotante sedujo a la izquierda y a fracciones de la derecha europea y americana y deterioró las realizaciones de la libertad de empresa y del progreso humano. Las reacciones iracundas en favor de Nicolas Maduro reflejan el temor de los que se oponen a una ruptura con el declive, ruptura quizás brusca, en unos casos, y excesivamente cauta en otros, de parte del nuevo líder estadounidense.

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