
El 14 de abril de 2013, la dictadura de Nicolás Maduro realizó una de las operaciones de robo electoral más espectaculares de la historia del continente. Ese día, Henrique Capriles Radonski, el candidato del MUD (Mesa de la Unidad) que llevaba la delantera en el escrutinio, vio cómo su victoria, tras una misteriosa interrupción de los conteos, fue transformada en derrota por el gobierno chavista.
Tres días después de la muerte de Hugo Chávez, ocurrida en Cuba el 5 de marzo de 2013, Nicolás Maduro asumió el cargo de presidente provisional de Venezuela.
El dispositivo técnico utilizado para cometer el fraude electoral había sido montado semanas atrás en secreto por los jefes chavistas. Diosdado Cabello, el número dos del régimen, y cabeza pensante del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), fue el encargado de supervisar la maniobra y tomar las decisiones más importantes de la jornada electoral. En ese desempeño contó con la complicidad del vicepresidente Jorge Arreaza y del jefe del equipo de seguridad de éste, Leamsy Salazar.
En una sala de la alcaldía de Caracas, Cabello había hecho instalar 24 computadores con los cuales sus técnicos configuraron un sistema de seguimiento informático electoral paralelo, a espaldas del público, que empezaron a recibir en tiempo real los resultados en cada uno de los 24 estados venezolanos. Gracias a ese dispositivo, poco antes de las cuatro de la tarde, Cabello y Arreaza vieron que Capriles aventajaba a buen ritmo a Nicolás Maduro.
Lo que Diosdado Cabello ordenó hacer en ese instante fue revelado meses más tarde por Leamsy Salazar a un periodista español, Emili J. Blasco: hizo que se cayera el sistema internet. Unos minutos después, Arreaza salió al aire y anunció que había surgido un problema con internet pero que lo estaban arreglando. “Cuando se restituyó el servicio, las pantallas de las computadoras de Cabello comenzaron a revertir la situación: iban llegando más votos para Maduro”.
Salazar agregó que la caída de internet había sido provocada “para descargar el tráfico de la red telefónica y así poder manejar con mayor garantía el complejo volumen de datos” que alimentaba el sistema informático paralelo del PSUV. “Bajo mano, el CNE había entregado a activistas del partido el mando técnico de las máquinas de votación y de otros procesos clave de la jornada”, subrayó el testigo.
En efecto, al final de la noche, el CNE proclamó vencedor a Nicolás Maduro por un margen de 223.599 votos: en total, le atribuyó 7.587.579 (50,6%), frente a los 7.363.980 de Capriles (49,1%).
Las protestas de Capriles ante esos resultados, y sus exigencias de que realizaran el recuento de votos, y las violentas protestas callejeras contra el CNE, que dejaron nueve muertos, fueron inútiles: Maduro se apoderó de la silla presidencial.
En un artículo para el diario ABC de Madrid, Emili J. Blasco escribió sobre el fraude electoral: “Para esa operación final el chavismo necesitaba tiempo, así que poco antes de las seis de la tarde, cuando debían cerrar los centros electorales, el CNE anunció que prorrogaba el horario hasta las ocho [de la noche] allí donde se necesitara. Los votos para Maduro fueron más abundantes en los centros que demoraron su cierre, con un inexplicable pico, del todo anómalo, especialmente pronunciado entre las 19h30 y las 20h05. Entre las seis y las ocho, Maduro recibió más de 600.000 votos, un volumen que materialmente no era posible sumar mediante el procedimiento natural de votacion”.
El fraude electoral fue confirmado hasta por dos observadores extranjeros, expertos en seguridad informática. Según el relato de Blasco, Anthony Daquin y Christopher Bello descubrieron dos dispositivos de fraude adicionales: 1.- hubo 1.878.000 electores falsos por múltiple cedulación y 2.- la auditoría del sistema de votación comprobó que las máquinas de votación tenían cuatro BIOS (Basic Input Output System) que facilitaba la comunicación con “dispositivos externos” que habrían “hecho posible tanto el conteo del voto como la emisión de voto falso en origen”.
El jefe de seguridad de Diosdado Cabello explicó los detalles del asunto en 2015, una vez logró asilarse en Estados Unidos para proteger su vida. “Es verdad, añadimos 350.000 votos. Las estaciones uno, dos y tres de los centros electorales estaban operados por gente nuestra. Capriles nos quitó 900.000 votos y habrían llegado a ser dos millones si no llega a haber voto asistido y los demás procedimientos”.
El periodista Blasco comentó: “Puede que las cifras estuvieran redondeadas, y que ese ‘añadir’ se refiriera sólo al voto fabricado de forma compulsiva en el último momento. En cualquier caso era una admisión en toda regla de que habían robado la presidencia”.
Emili J. Blasco es un documentado investigador de la realidad política de la Venezuela de los años Chávez-Maduro. Lo descrito en estas líneas fue consignado por él en su libro-revelación Bumeran Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela. El periodista español fue quien reveló en el ABC de Madrid, el 27 de enero de 2015, en compañía de Leamsy Salazar, refugiado en Estados Unidos, que según la Fiscalía sur del estado de Nueva York, Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, era el “jefe del cartel de los Soles y operador del narcoestado venezolano” con la complicidad de la dictadura cubana.
Blasco dice que su libro “es un relato sobre los fraudes que condujeron al colapso de Venezuela”. Y agregó algo indiscutible: “El colapso institucional, económico y social del país caribeño no es fruto de la dilapidación del legado de Hugo Chávez, sino consecuencia misma de sus políticas. Es el bumerán que, al volver en su vuelo, rompe el espejo en el que se veía a la república bolivariana. Sus páginas aportan nuevas primicias sobre la injerencia de Cuba, el fraude electoral, la corrupción económica, el narco-Estado y las relaciones con Hezbollah. También hay revelaciones sobre la protección del chavismo a ETA y su relación con Podemos”.
Son palabras que habrían podido ser enviadas también a los oídos de la Colombia de hoy. Y a los partidos que, a sólo 25 días de la elección presidencial, parecen haber olvidado que un fraude es una posibilidad tangible, palpable, pues la ideología y las marrullas del depuesto Maduro son idénticas a los del macarrónico Gustavo Petro. Sin embargo, esos partidos parecen embrujados por temas como las aturdidoras encuestas que anuncian que Iván Cepeda, el candidato del continuismo más atroz, ganará por la razón o la fuerza.
Los venezolanos de 2013 creían que las mayorías se impondrían en las urnas y que las protestas post-fraude bastarían para sacar a Maduro del poder. Los resultados de esa estrategia están a la vista. Esperemos que los millones de electores vigilantes y exigentes de los partidos del arco democrático impidan que las rarezas y curiosidades de un escrutinio, suspendido o no, o el truco del “escaso margen de votos”, se burlen de nuevo de los colombianos.