

Barranquilla, 28 de mayo de 2026.- La política colombiana atraviesa uno de sus momentos más extraños, tensos y contradictorios. A menos de 72 horas de las elecciones presidenciales, mientras la izquierda parece navegar en aguas tranquilas y sin mayores obstáculos internos, la derecha colombiana ha terminado enfrascada en una confrontación innecesaria, desgastante y peligrosamente autodestructiva.
Y en el centro de esa tormenta aparece la candidata del Centro Democrático, Paloma Valencia, quien en los últimos días decidió endurecer su discurso y entrar en una guerra frontal contra sectores que, en teoría, deberían ser sus aliados naturales en la disputa contra la izquierda.
La pregunta es inevitable: ¿estamos viendo a una candidata presidencial o a una kamikaze política?
Lo digo con respeto, coherencia y absoluta sinceridad. Porque si algo he defendido desde esta tribuna es la necesidad de mantener la sensatez en medio de la polarización. Y aunque en anteriores columnas he manifestado profundas diferencias con la estrategia de la campaña de Paloma Valencia, también he sido claro en afirmar que, si ella fuese quien llegue a segunda vuelta contra Iván Cepeda, votaría por ella sin vacilar. Lo haría, eso sí, con un profundo sinsabor y únicamente bajo la premisa de impedir la continuidad de un proyecto político que considero nocivo para Colombia.
Pero lo ocurrido en esta recta final de campaña resulta preocupante.
Paloma Valencia pasó de pedir unidad en la derecha a protagonizar enfrentamientos públicos contra Abelardo de la Espriella, a quien acusó recientemente de “abrazarse con bandidos” y de liderar un “circo político”. Incluso calificó su campaña como “absolutamente asquerosa”, elevando el tono de la confrontación en un momento donde el electorado esperaba madurez y grandeza política.
El problema no es solamente el ataque. El problema es el momento. Porque mientras la derecha se divide, el candidato de la izquierda observa cómodamente cómo sus adversarios se destruyen entre sí. Y eso, políticamente, es un suicidio electoral.
Resulta increíble que a estas alturas todavía no se comprenda que el país atraviesa una situación límite. Colombia viene golpeada por cuatro años de improvisación, inseguridad, debilitamiento institucional y una profunda fractura social. El país necesita serenidad, no más incendios políticos.
Incluso sectores de opinión y ciudadanos identificados históricamente con el uribismo han expresado desconcierto frente a la estrategia de la candidata. En redes sociales y foros políticos abundan las críticas sobre la pérdida de identidad de la campaña, el endurecimiento del discurso y la desconexión con las verdaderas preocupaciones de la ciudadanía.
Y aquí también hay que decir algo que muchos callan: el expresidente Álvaro Uribe Vélez parece estar llegando a un momento crítico de desgaste político. Algunos analistas incluso hablan ya del inicio del “posuribismo”, una etapa donde sectores de la derecha buscan nuevos liderazgos y nuevas narrativas.
Por eso preocupa aún más que, en vez de actuar como un factor de conciliación y cohesión, el propio uribismo haya terminado calentando el ambiente electoral. Lo que debía ser una estrategia de unidad terminó convirtiéndose en una competencia de egos, ataques y descalificaciones.
Y no se trata de pedir silencio ni unanimidad absoluta. La democracia vive del debate. Pero una cosa es debatir y otra muy distinta es dinamitar el mismo terreno político sobre el cual se pretende construir una victoria.
Paloma Valencia es una mujer inteligente, preparada y con una trayectoria política importante. Nadie puede negarle carácter ni capacidad argumentativa. Pero precisamente por eso se esperaba de ella una actitud más estratégica, más presidencial y menos reactiva en la recta definitiva de la campaña.
Porque si así reacciona en campaña, muchos colombianos se preguntan legítimamente cómo sería su comportamiento ante una derrota electoral o frente a una crisis nacional de gran magnitud.
Hoy Colombia necesita algo superior a los cálculos personales. Necesita patriotismo verdadero. Necesita que quienes dicen defender la democracia comprendan que el adversario principal no está dentro de sus propias filas, sino en el deterioro moral, económico y de seguridad que atraviesa la nación desde 2022.
Desde esta tribuna hago un llamado a la coherencia, a la prudencia y al sentido de país. Todavía hay tiempo de bajar el tono, de pensar en Colombia y no en los egos políticos.
Porque el país está urgido de un milagro verdadero. Y los milagros jamás nacen de la división.