
Hay decisiones de gobierno que se aplauden desde la distancia, pero que adquieren otra dimensión cuando comienzan a afectar la vida cotidiana de quienes tienen que convivir con ellas. La decisión de la Alcaldía de Sincelejo de implementar, desde el próximo 8 de septiembre, un programa piloto de peatonalización del Centro Histórico pertenece precisamente a esa categoría.
Sobre el papel, la iniciativa parece difícil de cuestionar: recuperar el espacio público, mejorar la movilidad, favorecer al peatón, rescatar el patrimonio arquitectónico y convertir el corazón de Sincelejo en un escenario de encuentro ciudadano.
¿Quién podría estar en contra de eso?
El problema comienza cuando la pregunta deja de ser qué ciudad queremos y pasa a ser cómo llegaremos hasta ella sin afectar a quienes hoy viven del centro. Y allí aparece el gran interrogante: ¿medida impopular o decisión acertada?
La administración del alcalde Yahir Acuña Cardales ha anunciado que, durante el piloto, solamente podrán ingresar al área delimitada los taxis y vehículos de servicio público de transporte. Para el automóvil particular, las puertas estarán cerradas.
La medida tiene argumentos de peso.
Un Centro Histórico con menos tráfico puede significar mayor seguridad para los peatones, mejor circulación, menos congestión, recuperación del espacio público y mejores condiciones para desarrollar actividades culturales y turísticas.
También puede cambiar la percepción que tenemos de nuestra propia ciudad. Que una familia pueda caminar tranquilamente por el centro, observar su arquitectura, sentarse, conversar, consumir en los establecimientos y participar de actividades culturales es, sin duda, una imagen de ciudad moderna. Pero una ciudad no vive solamente de sus calles. También vive de su comercio. Y aquí aparece la preocupación que seguramente estará sobre la mesa durante la socialización convocada por la Alcaldía para este viernes 4 de septiembre, a partir de las 5:00 de la tarde, en el Teatro Municipal.
El calendario no es un detalle menor.
La medida comenzará precisamente cuando los comerciantes empiezan a mirar con expectativa la temporada de fin de año, uno de los períodos más importantes para el comercio formal.
Diciembre no es cualquier mes. Para muchos establecimientos significa la oportunidad de recuperar inversiones, incrementar ventas, pagar obligaciones y cerrar el año con mejores resultados.
Por eso es legítimo preguntarse qué ocurrirá cuando un potencial comprador que tradicionalmente llega en su vehículo particular encuentre restricciones para ingresar al sector.
¿Caminará varias cuadras hasta llegar al establecimiento que busca?
¿Encontrará parqueadero cercano?
¿Preferirá comprar en otro lugar donde pueda estacionar con mayor facilidad?
¿La reducción del flujo vehicular será compensada por un incremento de peatones?
Estas preguntas no pueden ser calificadas como resistencia al cambio. Son inquietudes legítimas de quienes tienen sus negocios allí y necesitan que la transformación urbana también sea económicamente sostenible. Porque sería un grave error construir un centro hermoso, limpio y peatonalizado, pero comercialmente deprimido. La verdadera visión de ciudad consiste precisamente en encontrar el equilibrio.
El comercio no debe ser víctima de la recuperación del espacio público; debe convertirse en uno de sus principales beneficiarios. Por eso el programa piloto tiene una enorme ventaja: permite experimentar antes de tomar decisiones definitivas.
La administración debería medir durante esta etapa el comportamiento de las ventas, el flujo peatonal, la movilidad, la seguridad, la percepción de comerciantes y residentes y el impacto sobre los establecimientos. Si aumentan los peatones y también aumentan las ventas, tendremos una señal contundente de que la transformación funciona. Si ocurre lo contrario, habrá que corregir. No existe ninguna vergüenza en ajustar una política pública cuando la realidad demuestra que necesita modificaciones. Gobernar no es imponer; gobernar también es escuchar.
La peatonalización tampoco puede limitarse a cerrar vías.
Debe existir una estrategia integral: zonas de parqueo periféricas, señalización adecuada, transporte público eficiente, seguridad permanente, iluminación, limpieza, control del espacio público, accesibilidad para personas con movilidad reducida y promoción comercial. Incluso podría pensarse en convertir determinadas jornadas en verdaderas experiencias ciudadanas: corredores culturales, actividades artísticas, gastronomía, ferias, emprendimientos y eventos que hagan que el ciudadano tenga razones para ir al Centro Histórico, no solamente obligaciones.
Porque el gran enemigo de la peatonalización no es necesariamente el automóvil.
El verdadero enemigo sería un centro vacío.
Sincelejo tiene la oportunidad de demostrar que es posible recuperar su patrimonio sin sacrificar su economía. Que modernizar la movilidad no significa abandonar al comerciante. Que caminar la ciudad puede convertirse también en una manera de comprar, consumir, disfrutar y generar empleo.
El alcalde Yahir Acuña ha puesto sobre la mesa una apuesta que merece ser discutida con argumentos y no con apasionamientos. Los defensores de la medida tienen razones para respaldarla. Sus críticos también tienen razones para exigir garantías. Unos quieren recuperar el centro para el ciudadano. Los otros quieren evitar que esa recuperación termine afectando sus negocios. Ambas preocupaciones pueden coexistir.
La discusión, entonces, no debería plantearse entre peatones contra comerciantes ni entre vehículos contra ciudad.
La discusión debe ser mucho más inteligente:
¿Cómo hacemos para que el Centro Histórico sea más humano, más seguro, más atractivo y, al mismo tiempo, más rentable para quienes trabajan allí?
Ese debería ser el verdadero propósito del piloto.
El 8 de septiembre no comenzará solamente una restricción vehicular. Comenzará una prueba de madurez para Sincelejo. Y el 4 de septiembre, en el Teatro Municipal, la administración tendrá una oportunidad invaluable para escuchar antes de ejecutar. Porque una ciudad se transforma con obras, pero también con diálogo.
Si el piloto consigue que el ciudadano vuelva al centro, que el turista quiera conocerlo, que el comerciante venda más y que el patrimonio recupere protagonismo, estaremos ante una decisión acertada. Pero si las calles se llenan de silencio mientras las vitrinas pierden compradores, habrá que reconocer que algo falló.
La meta no puede ser simplemente sacar los carros del Centro Histórico. La meta debe ser meter nuevamente a la gente, la cultura, el comercio y la vida en sus calles.
Ese es el verdadero desafío para la administración de Yahir Acuña.
Y también la oportunidad de comenzar a construir una nueva visión de ciudad.