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Entre caravanas y discursos: los cierres de campaña que retratan la nueva política colombiana. Por: Silverio José Herrera Caraballo

La campaña presidencial colombiana del 2026 entró en su fase más intensa dejando una imagen que difícilmente podrá olvidarse: candidatos convertidos en figuras de espectáculo, caravanas multitudinarias atravesando ciudades enteras, plazas llenas, conciertos políticos y una lucha abierta por demostrar quién tiene el mayor poder de convocatoria. Más que simples actos de cierre, lo vivido en las últimas semanas pareció una mezcla entre festival político, estrategia mediática y demostración de fuerza electoral.

Cada aspirante quiso enviar un mensaje distinto al país, pero todos coincidieron en algo esencial: transmitir sensación de victoria. En tiempos de redes sociales, viralidad y política emocional, el tamaño de una plaza llena puede influir tanto como una propuesta económica. Y eso quedó absolutamente claro en esta recta final.

Iván Cepeda apostó por cierres profundamente ideológicos y cargados de simbolismo popular, con las acostumbradas chivas cargadas de tamales. Sus eventos en Bogotá, Cali y Barranquilla reunieron sindicatos, organizaciones sociales, juventudes y sectores alternativos que siguen viendo en la izquierda una opción de transformación estructural. Sus discursos insistieron en la justicia social, la paz y la lucha contra las élites tradicionales. Más que una campaña clásica, Cepeda quiso proyectar la idea de un movimiento social convertido en fuerza presidencial cargando el lastre de un nefasto gobierno que termina. Su estilo fue menos estridente que el de otros candidatos, pero políticamente calculado. Mientras algunos competidores apostaban por la espectacularidad, Cepeda buscó fortalecer una narrativa de resistencia política e identidad progresista. Sus cierres mostraron disciplina organizativa y una fuerte presencia de bases populares (los que gratis no fueron)

Muy distinto fue el caso de Abelardo de la Espriella. El abogado y outsider convirtió sus cierres en demostraciones de autoridad y liderazgo con su toque personal. En ciudades como Barranquilla, Montería y Medellín se vieron caravanas gigantescas de motocicletas, camionetas y seguidores que acompañaban al candidato como si se tratara de una celebridad internacional. Su discurso estuvo marcado por mensajes contundentes sobre seguridad, orden y mano dura contra la criminalidad.
La campaña de De la Espriella entendió perfectamente el lenguaje de esta época: la política del impacto visual. Atriles blindados, seguridad reforzada, transmisiones masivas y una narrativa de confrontación permanente hicieron parte de una estrategia diseñada para conectar con ciudadanos cansados de la inseguridad y del caos institucional.

Por su parte, Paloma Valencia desarrolló cierres más estructurados políticamente, apelando al voto conservador, empresarial y su ya criticada manera de mostrarse como un clon uribista. Su gran concentración en Bogotá mostró una maquinaria organizada y una narrativa basada en institucionalidad, defensa de la empresa privada y recuperación de la seguridad democrática. Aunque menos explosiva en lo visual que la de De la Espriella, la campaña de Paloma proyectó experiencia y coherencia ideológica dentro del espectro de derecha.

Sergio Fajardo, fiel a su estilo moderado, realizó cierres menos multitudinarios pero centrados en el discurso técnico y académico. Educación, transparencia y reconciliación siguieron siendo los ejes de una candidatura que intenta seducir al electorado independiente y cansado de la polarización. Sin embargo, la gran dificultad de Fajardo sigue siendo competir mediáticamente en una campaña donde el espectáculo parece pesar más que la serenidad.

Claudia López también apostó por actos más ciudadanos y urbanos, intentando conectar con sectores progresistas moderados, jóvenes y clases medias. Sus cierres estuvieron marcados por mensajes sobre lucha anticorrupción, derechos sociales y fortalecimiento institucional. López trató de diferenciarse tanto de la izquierda radical como de la derecha tradicional, presentándose como una alternativa de centro con experiencia administrativa.

En regiones del Caribe y el Pacífico también hubo protagonismo de candidatos regionales y alianzas políticas locales que terminaron convirtiendo muchos cierres en auténticas fiestas populares. Artistas musicales, comparsas, caravanas fluviales y movilizaciones comunitarias dejaron ver cómo la política colombiana sigue profundamente ligada a las emociones colectivas y a las dinámicas culturales de cada territorio.

Pero detrás de toda esa euforia queda una pregunta inevitable: ¿cuánto costaron realmente estos cierres de campaña? Porque mientras todos los candidatos hablan de austeridad, lucha contra la corrupción y responsabilidad fiscal, las imágenes muestran despliegues multimillonarios difíciles de ignorar. Tarimas gigantes, publicidad masiva, logística nacional, caravanas aéreas y terrestres, sonido profesional y eventos multitudinarios reflejan campañas que claramente no escatimaron recursos.

Y allí aparece una contradicción profundamente colombiana: candidatos criticando el despilfarro estatal mientras desarrollan campañas cada vez más costosas y mediáticas.

No obstante, también sería injusto desconocer el mensaje democrático detrás de esas movilizaciones. En medio del desencanto institucional, millones de colombianos siguen creyendo en el voto como herramienta de cambio. Las plazas llenas muestran una ciudadanía apasionada, dividida y emocionalmente involucrada en el futuro del país.

Las diferencias entre los candidatos fueron evidentes. Cepeda representó la movilización ideológica y popular; De la Espriella, el liderazgo fuerte y confrontacional; Paloma Valencia, la derecha institucional; Fajardo, la moderación técnica; Claudia López, el progresismo urbano de centro. Pero todos compartieron una misma necesidad: parecer imparables ante la opinión pública.

Ahora bien, después de los aplausos, los conciertos y las caravanas, llegará el momento más difícil: gobernar una Colombia golpeada por la inseguridad, la polarización política, la crisis económica y el desgaste institucional.

Porque llenar una plaza puede emocionar. Pero llenar las expectativas de un país entero será otra historia muy distinta. Pero algo si les digo señores, que no solo es a mí a quien le toca levantarse a trabajar mañana como todos los días, así que a trabajar señores que nosotros no somos los candidatos.

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