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Entre la indulgencia y el poder el candidato que prioriza a los victimarios. Por: Silverio José Herrera Caraballo.

La reciente entrevista del senador y candidato presidencial Iván Cepeda Márquez en medios nacionales dejó más inquietudes que certezas. No por lo que dijo (que en esencia repite una línea discursiva conocida) sino por lo que decidió omitir. En un momento donde Colombia exige respuestas claras, liderazgo firme y propuestas aterrizadas, el aspirante volvió a centrar su narrativa en la defensa de procesos con actores armados ilegales, relegando a un segundo plano las necesidades urgentes de la ciudadanía.

No es un desliz. Es una constante. Cepeda ha construido su trayectoria política alrededor de la interlocución con grupos insurgentes, la defensa de negociaciones y una visión del conflicto que, si bien tiene un lugar en la historia reciente del país, no puede convertirse en el único eje de un proyecto presidencial. Lo preocupante es que, en lugar de evolucionar hacia una agenda integral de gobierno, su discurso parece reafirmar una prioridad: insistir en los beneficios, garantías y oportunidades para quienes han empuñado las armas, mientras millones de colombianos siguen esperando soluciones concretas a sus problemas cotidianos.

En la entrevista, el candidato habló de paz, de continuidad, de acuerdos. Pero evitó responder con precisión cómo enfrentará la inseguridad creciente en regiones donde el control territorial ya no lo tiene el Estado, sino estructuras criminales fortalecidas. Evitó detallar cómo protegerá al comerciante extorsionado, al campesino desplazado, al ciudadano que vive con miedo. En otras palabras, habló de los victimarios. Pero poco de las víctimas. Y ese desequilibrio no es menor. Porque cuando un aspirante a la Presidencia parece más cómodo defendiendo la necesidad de dialogar con grupos narcosubversivos que explicando cómo garantizará la seguridad de la población, lo que se proyecta no es una política de paz sólida, sino una peligrosa permisividad.

Colombia no puede seguir atrapada en un modelo donde el Estado negocia indefinidamente mientras las comunidades padecen indefinidamente. La paz no puede ser un discurso. Debe ser un resultado. A esto se suma un tono que empieza a generar preocupación: el triunfalismo. Cepeda habla como si el camino estuviera despejado, como si la decisión ciudadana fuera un trámite. Se menciona la posibilidad de una victoria en primera vuelta, se insinúan escenarios de empalme, se proyecta una llegada al poder casi como un hecho consumado. Pero en democracia, nada está ganado hasta que se cuenta el último voto. Y cuando un candidato se adelanta a los tiempos institucionales, lo que transmite no es liderazgo, sino una desconexión peligrosa con el principio básico de soberanía popular. Más grave aún es el mensaje implícito: que el país debe adaptarse a su visión, en lugar de que su visión responda a las necesidades del país. Porque mientras insiste en procesos de diálogo con estructuras criminales, Colombia enfrenta desafíos que requieren decisiones firmes: reactivación económica, generación de empleo, fortalecimiento del sistema de salud, lucha frontal contra la corrupción y recuperación de la seguridad.

Nada de eso fue desarrollado con claridad. Nada de eso tuvo protagonismo. La sensación que queda es la de un candidato que sigue mirando el país desde el conflicto, pero no desde la solución. Que parece más interesado en legitimar su histórica postura frente a los grupos armados que en construir una hoja de ruta concreta para gobernar. Y eso, en el contexto actual, no solo es insuficiente. Es riesgoso.

Colombia necesita un presidente que entienda que la paz no puede construirse a costa de la justicia, ni mucho menos a costa del ciudadano honesto. Necesita un liderazgo que ponga en el centro a la gente de bien, al trabajador, al emprendedor, al joven que busca oportunidades, a la familia que quiere vivir sin miedo.

No uno que, una vez más, priorice el diálogo con quienes han desafiado al Estado.

Porque gobernar no es justificar. No es insistir en lo mismo esperando resultados distintos. Gobernar es tomar decisiones, asumir costos y defender, por encima de todo, a los ciudadanos que cumplen la ley. Y en ese terreno, hasta ahora, Iván Cepeda Márquez sigue en deuda con el país.

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