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La carne bovina cuesta lo que vale (De Valores). Por: Miguel Ángel Lacouture

“El alza del precio de la carne bovina en Colombia no es abuso ni especulación: es el reflejo de una carne sostenible, competitiva y cada vez más demandada en el mundo. Forzar su abaratamiento hoy implica sacrificar productividad, sostenibilidad y futuro ganadero.”

En Colombia se repite, con ligereza, desconocimiento y mala fé en muchos casos, que la carne bovina “se encareció” y que alguien debe intervenir para bajarla. Ese relato ignora una verdad esencial: la carne colombiana está empezando a valer (De Valores), lo que realmente es. Y eso incomoda.

Hablemos claro. Nuestra carne sigue siendo barata en el mercado internacional y también frente a varios países de América Latina. No somos caros hacia afuera. Lo que ocurre es que el mundo está comprando lo que durante años producimos bien y vendimos barato. Ese cambio, inevitablemente, tensiona el mercado interno.

Colombia posee un hato ganadero importante a escala mundial, con capacidad estructural para atender el consumo nacional, exportaciones de carne y ganado en pie. Pero la ganadería no es una fábrica. Es biología. No responde de inmediato. La reposición toma tiempo. Cuando la demanda externa crece de manera sostenida —como hoy— el ajuste se refleja en el precio.

Las cifras respaldan esta realidad. En 2025, las exportaciones ganaderas cerraron cerca de USD 400 millones, con más de 33.000 toneladas de carne y vísceras, y más de 210.000 cabezas de ganado en pie enviadas a mercados como Medio Oriente y Norte de África. Para 2026, Fedegán y Aexgán proyectan crecimiento, con China como mercado de alto potencial si el país mantiene estabilidad sanitaria y logística.

No es casualidad. La carne colombiana tiene ventajas comparativas reales: es ganado a pasto, agua y sal; sin anabólicos; con bienestar animal; con una huella ambiental menor frente a sistemas intensivos. Es carne sostenible. Eso que antes se llamaba atraso, hoy es un activo estratégico en un mercado global que exige sostenibilidad y trazabilidad.

Pretender bajar el precio sacrificando al productor es un grave error. Sacrificar el precio hoy es sacrificar competitividad mañana. Es renunciar a mercados abiertos, debilitar la reputación del país y desmontar un modelo productivo que el mundo está empezando a reconocer.

Se habla entonces de controles de precios, de subsidios o de importar carne barata. Como ganadero antes que abogado lo digo sin rodeos: los controles de precios no crean carne; crean escasez. Y los subsidios mal diseñados no bajan precios: aplazan el problema y quiebran al productor.

Importar carne más barata sí puede bajar el precio rápido, pero a un costo alto: traer carnes de menor calidad, producidas bajo modelos que Colombia ya superó. Eso golpea al ganadero nacional y diluye el valor de nuestra carne. Es pan para hoy y ruina para mañana.

Si de verdad se quiere aliviar el bolsillo del consumidor sin destruir el sector, el camino es otro: mejorar productividad, logística y eficiencia, no castigar precios. Reducir costos de transporte, cerrar brechas entre productor y consumidor, fortalecer frigoríficos regionales y apoyar la inversión productiva. Ahí el Estado puede ayudar sin distorsionar.

Hay avances que deben consolidarse. SINIGÁN V6 es un paso serio para la trazabilidad real del hato, indispensable para exportar, combatir el contrabando y ordenar el mercado. Aún hay fallas y baja adopción, pero el rumbo es correcto. Lo mismo ocurre con prácticas como el silvopastoreo, que mejora productividad, captura carbono y hace resiliente la ganadería frente al clima. Eso se protege con reglas claras, no con populismo.

La discusión de fondo no es si la carne “está cara”. La discusión es si Colombia va a proteger un filón estratégico o lo va a rematar por presión política. Porque cuando se castiga al productor, el precio no baja: el alimento desaparece.

Nuestra carne cuesta lo que vale (De Valores).
Defender ese valor es defender la ganadería del futuro.

@lacoutu.

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