
Ya pasaron las épocas en que los inviernos y los veranos eran más predecibles y el Almanaque Bristol era suficiente guía para saber cuándo sembrar, abonar y cosechar.
En 2025, después de un verano…verano, el país estuvo, prácticamente, de lluvia en lluvia. La primera temporada se desgajó en abril, pero no de esa lluvia que se bendice, sino la que aterroriza porque arrasa con todo. Empezando julio, cuando bajaron las aguas, más de 168.500 familias habían sido afectadas en 754 municipios, según la UNGRD.
En agosto no dejó de llover y, casi sin solución de continuidad, en septiembre inició la segunda temporada, que se fue hasta diciembre, cuando tuvimos fiestas con algo de veranillo, pero sin dejar de llover. Comenzando noviembre, más de 64.000 familias habían sido afectadas en 253 municipios.
Las esperanzas estaban puestas en el nuevo año, pero las cabañuelas también fallaron y, según el IDEAM, contra lo acostumbrado, “enero registró niveles de precipitación superiores a los históricos, especialmente en las regiones Caribe y Andina”. El desastre se anunciaba…
Y el desastre llegó. Terminando enero “el cielo s’esfondó”, como decían las abuelas, generando una catástrofe que ha afectado a más de 27.000 familias, no en un mes o una temporada, sino en apenas días, con más fuerza en el Caribe y, en especial, en el departamento de Córdoba, donde, en menos de 24 horas llovió lo de un mes, obligando también a más de 12 horas de descarga de la hidroeléctrica Urrá I, con caudales superiores a 2.000 metros cúbicos por segundo. El resultado: un verdadero diluvio bíblico y más de 19.000 familias afectadas en la región…, y la cuenta aumenta con las horas.
La agricultura está devastada y en cuanto a la ganadería, en 183 veredas de 26 municipios, 6.414 predios ganaderos que cubren 140.492 hectáreas están inundados, 1.207 animales han muerto o desaparecido y más de 315.000 están afectados, sin pastos, suplementos, sin agua potable y un lugar seco, con un inminente riesgo de salud animal.
En un departamento ganadero la solidaridad ganadera no podría faltar. Por ello, a través de la Fundación Colombia Ganadera, FUNDAGAN, el gremio ha gestionado, hasta ahora, la entrega de leche con el Fondo Nacional del Ganado, siete (7) toneladas de arroz y 4.000 prendas de vestir con la Organización Minuto de Dios, 1.000 pañales con la Fundación Fruto Bendito y la logística de distribución con el Ejército Nacional.
Sin embargo, semejante catástrofe requiere una suerte de “Plan Marshall” que articule esfuerzos locales, departamentales y nacionales, para atender lo urgente, que es la vida, la salud y el bienestar, tanto de humanos como de animales, al tiempo que se adoptan medidas, no menos urgentes y articuladas, para la reconstrucción y reparación de viviendas, de vías, puentes, acueductos y, muy importante para un departamento eminentemente agropecuario, la recuperación de praderas, plantaciones e instalaciones productivas, que son la fuente de generación de la riqueza perdida.
Y hacia delante, un gobierno más serio, más austero, de menos arengas y más resultados, deberá asumir las causas estructurales: una gestión ambiental a cargo de unas corporaciones clientelistas que no deberían ser “autónomas”; una gestión del riesgo libre de corrupción, que de verdad lo prevenga y no sea meramente reactiva, y a veces ni eso: El dique Caregato en La Mojana es un ejemplo vergonzoso.
En fin, una institucionalidad fortalecida y con recursos para atender una emergencia y, mejor aún, para prevenirla. Nunca he entendido por qué las mafias tienen dragas para sacar oro y dañar los ríos, y el Estado no las tiene para cuidarlos y evitar que el país siga… de desastre en desastre.